lunes, 29 de abril de 2013

El Arte, el Dolor y la Locura...

“Ayer, luego de los episodios del Borda, se me dio por subir a mi muro un poema de don Jacobo Fijman, que vivió y murió en el neuropsiquiátrico. Hoy me encuentro con la grata sorpresa que más de 300 amigos lo reprodujeron en el suyo... Leyendo algunos de los muchos comentarios que se hicieron al respecto, noto que no son pocos los que hablaron del desdichado Fijman como del "poeta de la locura". Me gustaría hacer una aclaración: Fijman, lo mismo que Artaud, Van Gogh y tantos otros, no fue "un artista de", sino más bien "a pesar de". Es decir, fue un creador devorado por la locura (si es que se puede decir así) y de ninguna manera un enfermo mental que se volvió artista. Eso jamás sucede. En tal sentido, las cartas de Van Gogh a su hermano Theo son bien elocuentes: sus días en Arlés no fueron más que un vertiginoso intento por huir de la enfermedad a través, precisamente, del arte. Del arte liberador. Del arte que, si no cura, al menos consuela... Nuestra idea romántica del loco que escribe genialidades se da de bruces con la realidad: invariablemente, se trata de genios que escriben o pintan hasta que llega la fiebre y los atenaza”. 
(Miguel Ángel Morelli)


"Del arte liberador. Del arte que, si no cura, al menos consuela..." Pocas palabras han expresado tan bien, tan clara y profundamente, lo que he sentido en los últimos meses... No es mi intención, en absoluto, compararme con genios como Vincent o Fijman... Pero desde la repentina muerte de mi hermana, hermana mía, pocas cosas me han acercado un poquito de consuelo como ensayar, subirme al escenario y escribir escribir, escribir...
Y encontré en estas palabras que cito la síntesis de ese sentimiento. Es el Arte (y no estoy haciendo una calificación de mi laburo) lo que me aleja un poco de la soledad enloquecedora del dolor... 
Me doy cuenta de que es por eso que en los ocho meses, eternos y efímeros,  más dolorosos de mi vida he sentido la obligación de ensayar, de estrenar, de escribir, de prestar piel, alma y sentimientos... y exorcizar, exorcizar, exorcizar. Y compartir.  

jueves, 25 de abril de 2013

Más frágil que el silencio


Bueno... ya estoy en casa...
Especial noche. Estreno. Uno más, y no tanto... no tanto "uno más"..., digo...
"yo tengo tantos hermanos que no lo puedo contar y una hermana muy hermosa que se llama libertad".
Mi "libertad" tiene apellido y es "escenario".
Quién puede decir cómo "duelar"...
Yo tengo ese privilegio...
yo duelo tú duelas... quíén duela...
quién puede decir cuál dolor es más o menos dolor.
La soledad del dolor para mí es insoportable. Entonces lo pongo afuera.
Me pasó con Tobías.
Me pasa con Delia.
Entonces lo subo al escenario. Lo transformo. Lo transmuto. Lo entrego y me lo quedo.
"Más frágil que el silencio" se me volvió ceremonia. Homenaje se me volvió. Dolor y arte. Ofrenda, se me volvió.
Y por arte de escenario Delia es Emma. Y Emma es Celeste. Y Tati una mamá talentosa y contenedora.
Y sufro pero entrego el sufrimiento. Y las lágrimas son de otros de tan mías que son.
Gracias a todos y cada un de los que hoy me acompañaron. Y entendieron.
Gracias al Teatro. Gracias a la vida.
Gracias, amor, por tus lágrimas. Por tu abrazo interminable.
Gracias a los amigos.
Gracias a Delia por haberme construido.
Gracias.

(Escrito en la madrugada del 26 de abril de 2013, al volver a casa después de haber estrenado)

martes, 2 de abril de 2013

Tras un manto de neblina...



Mis primeras imágenes del 2 de abril de 1982 fueron un tanto confusas… Era pasado el mediodía y salía yo de una intoxicación que me había tenido semi inconsciente por más de 48 hs. Los gases lacrimógenos aspirados el 30 de marzo (apenas dos días antes) en Plaza de Mayo sumados a un clericó con fruta aparentemente en mal estado habían hecho una combinación explosiva en mi anémico estado físico de ese momento… Estuve literalmente entre inconsciente y dormida durante más de 48 horas con médicos visitándome periódicamente. Mis últimas imágenes claras eran a la Federal (vergüenza nacional) tirándonos gases a desmanes, a la montada cagándonos a palos, a Delia y a mí rogándole a un mozo de un bar de Avenida de Mayo que nos dejara entrar y un vaso de helado vino blanco con frutas que me tomé allí gracias al exceso de generosidad y valentía (aquellos tiempos se medían en valentía) de ese trabajador gastronómico que resultó ser un militante sobreviviente de las garras de la dictadura, y que ganó en poco rfato la carísima confianza de mi hermana. Luego, vómitos, fiebre y nada más hasta ese mediodía en que empecé a despertar. Delia estaba al lado mío en la habitación de mis sobrinas, yo estaba en la cama de la mayor porque era un lugar más cómodo para recibir a los médicos (de esto me enteré después). Había un televisor a los pies de la camita y Delia tenía los ojos colgados de él.
“¿Cómo te sentís?”, me preguntó con evidente preocupación. “Mas o menos”, contesté, “me duele todo”. Y mirando la pantallita blanca y negra pregunté ingenua: “¿Qué? ¿siguen pegando? ¿Cómo es que hay tanta gente en la Plaza?”
“No, mi amor. Pasaron más de dos días. Esa es otra gente y está vivando al hijo de puta de Galtieri que acaba de declararle la guerra a Inglaterra”. “¿Qué decís, estás loca?” “Así me siento. Metida en una locura total. Está mandando colimbas a Malvinas. Vamos a vivir una masacre más por culpa de estos hijos de puta”. Delia ya lloraba como sabía llorar Delia… sin demasiada gestualidad. Casi sin sollozos… Yo trataba de incorporarme en la cama con un cuerpo dolorido y un alma incrédula. “¿Qué decís?”, repetía tontamente.
Mi madre escuchaba radio en la cocina y también lloraba. “Esos chicos, esos chicos…” repetía ella.
Las nenas jugaban ruidosamente, por suerte, en el comedor.
Yo durante horas reclamé imposibles explicaciones. Por las 48 hs que no recordaba, por esa gente que agitaba banderas en Plaza de Mayo y por esa decisión suicida de un milico borracho. “Suicida no. Asesina”, sentenció Delia con esa claridad que siempre tenía.
Un día tristísimo. Dolorosísimo. Sólo las risas de mis sobrinas me traen un poco de consuelo al recuerdo.
Durante la madrugada del 2 al 3 nos despertaron unos estruendos muy cercanos. Yo ya había regresado a la pequeña habitación que usaba como propia en esa casa que nos había vuelto a albergar a mi mami y a mí después de otra debacle… Escuchaba esos ensordecedores sonidos y los gritos de mi madre que angustiadísima gritaba: “¡¡¡¡Bombardean Buenos Aires!!!! ¡¡¡¡Están bombardeando!!!!”. Por unos minutos todo fue confusión, susto, desconcierto, gritos, llantos…
La vecina de al lado había sufrido un brote psicótico y con una maza estaba rompiendo su casa. Parece cuento. Pero es verdad.
La madrugada del 3 de abril nos encontró a mi madre, a Delia y a mí riéndonos de la anécdota. La radio estaba prendida. Las risas duraron poco.
La guerra asesina había comenzado. La Argentina toda estaba en riesgo.

domingo, 31 de marzo de 2013

Domingo de Pascuas



En un inevitable paseo por los senderos de la memoria descubro que mis recuerdos de las Pascuas están asociados a mis sentidos. Un mes antes ya empezaba a escucharse hablar, ruidosamente, de la Semana Santa. Para mi padre era imprescindible organizar el encargo del bacalao en la tienda de “los gallegos camino a Alvear” que sin duda alguna tenían el mejor porque sus familiares lo traían de la España misma.
A mí siempre me costó entender el significado de esos días tan raros. El jueves era el más incomprensible. El viernes me metía miedo. El rayo divino te castigaría si comías carne, si tenías malos pensamientos, si no rezabas, si no ibas a la iglesia bien temprano. Me aterraban esas imágenes cubiertas con telas negras que naturalmente me hacían bajar la mirada y no faltarles el respeto… porque eso también podía ser castigado. Durante el tiempo que duraba esa misa me preguntaba todo el tiempo si no estaría yo teniendo malos pensamientos mientras escuchaba los resoplidos entre aburridos y enojosos de mi madre. Años después supe que a ella también la obligaba la obligación de los viernes santos. Lo único que mitigaba tanto miedo era pensar en las deliciosas empanadas de verdura y de pescado que nos esperaban en lacasadela´buela.
El sábado era día de preparativos. Las cocinas familiares derramaban una lujuria de perfumes a buena mesa. En lacasadela´buela todo olía a pescado y pimentón, desde el galpón del tío José llegaba el inconfundible efluvio del hasta ayer pecaminoso jaleo de carnes asadas, en lo de la Julia los jugosísimos pasteles de carne (empanadas fritas, dicen los porteños), en lo la Ana los rosquitos, bizcochuelos y postres y en la mía reinaba el olor a choclo que mi madre desgranaba uno a uno para las humitas. Todo era cocina para que el domingo de Pacuas fuera un perfecto festín de sabores.
Ese día, el domingo de Pascuas, mis hermanos y yo siempre estrenábamos alguna ropa recién salida de la Singer de la mami que parecía tener vida propia bajo sus pies y su mirada…
En este rosedal de mis recuerdos no hay Pascuas sin sol. Todo era luminoso en ese día. Los ojos viejos de mi abuela brillaban de otro modo y toda ella se permitía la ternura. Los rincones de su patio emaparrado eran la guarida de los codiciados huevos de Pascuas que ella misma se encargaba de identificar con el nombre de cada nieto y esconder cuidadosamente. Mis hermanxs , mis primxs y yo fingíamos durante rato no saber dónde estaban y ella fingía que nos creía. En mis años más niños, obvio, la que me ayudaba a encontrar el mío era Delia. Y después, cuando ella, la Delia, se vino a vivir a Buenos Aires, un momento decisivo de la jornada era el horario de ir a la telefónica a hacer el llamado a la Capital. La ansiedad alrededor de ese enorme teléfono negro inundaba en gritos, risas y lágrimas. “Adiós, mi querida hija” decía mi padre en voz baja cuando la horquilla ya había hecho silenciar la extrañada voz de mi hermana; y volvíamos a lacasadela´buela en silencio, disimulando las lágrimas. Bah, ellos disimulaban. Yo hacía gala de mi niñez llorando desbordada.
El día se extendía hasta pasada la cena con trucos de los hombres, quejas de las mujeres, escondidas de las chicas y travesuras de los chicos que hacían enojar a los vecinos. Y la obligada repartija de comida que duraba días.
Cuando partió mi abuela y a los dos años la siguió mi padre costó recomponer la celebración del domingo de Pascuas. Para mi madre era importante y lo armábamos como podíamos. Cuando fueron creciendo las nietas, mis sobrinas, algo de aquel espíritu se recuperó. A falta de patio emparrado mi madre escondía los huevitos en los cajones de su máquina de coser (aquella misma Singer) o entre las cacerolas en los estantes de la cocina. Luego se sumó Baltazar, mi sobrino, y por último Lautaro, mi hijo que fue el que menos disfrutó de ese rito.
Sigo sin comprender mucho qué significan estos días, pero me siguen inquietando como en la infancia…
El año pasado la Pascua fue el 8 de abril y fue el último día que se reunió la familia toda (con alguna -única- ausencia esperada y lógica), pero estuvimos todos. Fue en lacasadeladelia, por supuesto. No fue un almuerzo, fue una merienda. Había comida como para un centenar de personas pero debíamos ser menos de veinte. Estábamos todos y eso nos sorprendía y nos emocionaba. Había un agregado al festejo. Guady acababa de anunciar que estaba embarazada. La presencia de Valentín, Lisandro y Camilo aportó la cuota de niñez imprescindible. Hubo muchos abrazos, risas y lágrimas… Y codiciados huevitos. Como en aquellas Pascuas de mi infancia.
No entiendo muy bien qué significa este saludo, pero lo extraño. Y como siempre es cordial, espléndido y magnánimo desear buenas cosas, aquí va el mío:
¡¡¡¡¡FELICES PASCUAS PARA TODA LA GENTE QUE HACE BUENAS COSAS!!!!!

miércoles, 6 de marzo de 2013

Hasta siempre, Comandante. Hasta la Victoria, SIEMPRE.

Dicen que ha muerto Chávez. Pero no lo creo. Porque aquí lo tengo, porque aquí lo escucho, porque aquí se me vuelve canción, poema, nota, semblanza, lágrima. No lo creo porque veo el llanto de "sus grasitas"... tan parecidos a los nuestros, a los de Evita... Como dice Tato Pavlovsky, "si lloro no puedo escribir". Y lloro. Entonces apelo a las palabras de un co-terráneo que ha sabido ponerle palabras a mi tristeza. Porque aunque no lo crea, Chávez ha muerto. Y Latinoamérica toda se siente un poco huérfana...



Anita y Hugo, por Julio Rudman (periodista mendocino)

"La era está pariendo un corazón,
no puede más, se muere de dolor..."
Silvio Rodríguez

Ayer no pude. Y hoy no sé, pero lo voy a intentar. Tengo que intentarlo, los compañeros me esperan.
Anita nació en Buenos Aires y convirtió a Pablo y Jimena en padres, a Armando y Mecha en abuelos, a Lucía, Martín y Camila en tíos y a Celia en tía abuela. Anita llegó a un país mejor que el que era. Llegó a una Patria Grande, creciente, acechada por buitres y demás carroñeros, pero lúcida por primera vez en mucho tiempo.
Anita llegó cuando él se iba. Es inútil hacer la crónica. Propios y ajenos se han ocupado de eso. Tinta y archivo. El diario Los Andes, letrina comunicacional centenaria, tituló hoy: "Conmoción en Venezuela: habrá elecciones en 30 días". Allá ellos. No digo más.
Nunca imaginé que las locomotoras también morían. Por personalidad, por potencia energética, propia y territorial, por ser el primero en emerger de entre las tinieblas genocidas del neoliberalismo (Cuba y Fidel ya eran estandarte y estaban en terapia intensiva), porque impuso un lenguaje insolente en las relaciones internacionales y, por eso mismo, no fue indolente. Porque olió azufre donde había estado Mr. Danger, el impávido señor de la muerte, por su solidaridad irrestricta con el pueblo palestino. Porque mandó al carajo la trampa. Porque nunca le mintió a su gente. Simplemente, por amor, Hugo es una locomotora que imaginó y puso en marcha un trazado bonito, como se llama su revolución.
Ya van dos. Néstor murió, dicen, por bala ajena. Hugo, dicen, por cáncer ajeno. Es que el cuerpo es un traidor, como dice Feinmann (¿cómo que cuál Feinmann? Al otro no lo citaré jamás).
El País, me refiero al diario serio español, podrá ilustrar, ahora sí, con la foto que quiera.
El pueblo venezolano, los líderes latinoamericanos y nosotros nos quedamos con Anita, con las Anitas del mundo, confiando en que Hugo "seguro que al rato estará volando, inventando otra esperanza para volver a vivir".


Julio Rudman

sábado, 19 de enero de 2013

Pequeño balance




Los años pasan, sí, la vida no:
el mundo estalla hermoso alrededor.
(Silvio Rodriguez)

Aquél 19 de enero se presentaba raro. Colmado de mar y amor, mas sin el añorado barullo familiar de otros tiempos. Yo miraba de reojo al año recién inaugurado. Era bisiesto, y ya se sabe...  Se anunciaba intenso y revoloteaba cierto clima premonitorio de lamento.
Se presentaba atípico aquél 19 de enero. Y allá fui hacia el brindis obligado, e imprescindible, de burbujas y risas. De emociones y deseos. De amores y carencias.
Empecé a caminar por el alero de mi carta astral ignorando que mi revolución solar se libraría con artillería pesada sin respiro...
Ese mayo mi hijo, hijo mío, amado ser, se procuró un aladelta invisible, corrió por la explanada de la infancia, tomó envión en la cornisa adolescente, pegó un salto sin red y voló radiante hacia la vida adulta. Desplegó sus alas “mi chiquito” y abandonó el nido sin mirar atrás... y lo bien que hizo. ¡Y qué bien lo hizo!
También en aquel mayo un amigo estuvo a punto de morir pero ganó el milagro de la vida y hoy su voz es una fiesta bulliciosa, su abrazo una celebración inabarcable y el doliente pasillo de ese mal, un mal recuerdo.
En agosto, maldito agosto, mi hermana, hermana mía, se fue y yo morí para resucitar un rato luego aullando su nombre hacia la nada. Delia ya no está, ni estará y yo seguiré aullando en un camposanto de palabras que sudan el deseo de su aliento...
En setiembre una amiga no entendió, o entendió mal, y me quitó su confianza dejándome huérfana de su fraterno amor cuando yo más lo adolecía...
La ausencia me plagó de ausencias y no hay fumigador que la controle, así parece...
Noviembre sin embargo, en una bocanada de alivio nos trajo a Julia, y fue júbilo sentenciando variación de la rutina...
Y ese noviembre, también, me convirtió al escenario en un espacio de respiro, regalándole las bodas de oro a mis estrenos.
En diciembre dos amigos entendieron y ampliaron generosamente su mesa navideña ampliando así mi familia para siempre.
En diciembre, también, regresé al terruño y me entero que ya no soy de aquí pero tampoco de allá... Que ya no me siento sanrafaelina aunque lo soy ni soy porteña aunque me sienta... Entendí que el desarraigo tiene un principio pero adeuda los finales...
Durante todo ese año mi compañero me escoltó desde el rincón de la ternura intentando achicar el abismo que me separó del mundo. Y su amor renueva el mío cada día y su mirada vigila mis fracturados polos.
El año terminó con un brindis ceremonial y el sendero hacia las nuevas efemérides comenzó entre risas y lágrimas; entre fuegos de artificios sobre un cielo que tiene el exacto diseño de la infancia; con muchos achuchones cariñosos, algunos apretados, otros suspendidos; y un sinfin de promesas a cumplir, internas e intensas.
De los pocos privilegios que tiene cumplir años en enero se cuenta el de poder mezclar el balance del propio calendario con el del almanaque gregoriano del planeta.
Aquél 19 de enero fue hace un año que es un siglo, una era, un instante.
Y aquí estoy más paciente y más intolerante; más fuerte y más doliente; más expuesta y protegida; más madura y vulnerable.
En un año aprendí (o confirmé) que la libertad a veces duele mucho; que la orfandad genera ira; que no hay nada más sanador que la presencia del otro; que el alivio se encuentra en los ojos del hijo; que no tenemos más casa que nosotros mismos; que los objetos ayudan a ordenar recuerdos pero la infancia no está ni en el mantel perdido de la vieja ni en la puerta de la casa de la abuela ni en ese libro añejamente dedicado; que la memoria es el sexto sentido y a veces falla, como el olfato; que un “no” puede lastimar  más que una paliza lo mismo que una falsa acusación; que “nadie” es una ilusión y “alguien” una esperanza; que un duelo es una agonía solitaria; que lo insoportable no existe porque se soporta; que para renacer es necesario morir un poco; que el “sinsentido” puede tener aún menos sentido; que no puedo alejarme de mí aunque lo intente...

Y levantando la copa porque el brindis, ya lo dije, es obligatorio y necesario (aunque lo atraviese lo agrio de la pena), anhelaré un tránsito un poco más sereno, sin tanto sobresalto. Que el sol alumbre menos muros y más mesas; que la luna me traiga más ideales y menos ideas; que alguna fiesta me ilumine el luto; que el insomnio sea de amor y no de llanto; que me surjan esperanzas adicionales; que me sorprendan más palabras que silencios; que los amigos me “pacienten”; que a los reproches los reemplacen los encuentros; que los sueños destituyan pesadillas; que sobre los “yo” se impongan los “nosotros”; que a las lágrimas les ganen las caricias; que me crezca más coraje y menos miedo.
19 de enero, 2013


lunes, 14 de enero de 2013

5, 6, 7 meses sin Delia


CINCO MESES
“Luego veré de volver por aquí”, fue lo último que escribió Delia en una cadena de mensajes que utilizábamos a diario para comunicarnos. Eran las 17.26 de aquel nefasto domingo 5 de agosto. “Hay días malos”, se lee unas líneas más arriba, en ese mismo mensaje… Horas después un zarpazo brutal apagaba su luz para darle paso a una oscuridad de siete días, antes del último empujón final hacia la nada.
Aquél era su último domingo… Aquél fue su último domingo.
¿Cuántos sinónimos tiene la palabra “último”? Pocos e insignificantes…
¿Y la palabra “siempre”? Ninguno…
Resulta sugerente. Pero de tan real, resulta simbólico…
Las muchas veces que decimos, a lo largo del camino, “esta es la última vez”, “o esto es lo último que hago…”, sabemos muy internamente que no es cierto. Que lo último cuando sea “último”, lo sabremos cuando ya fue. Cuando ya haya sucedido.
Algo parecido sucede con “siempre”. “Te querré para siempre”, “siempre seré…”, “siempre estaré…”. Meras expresiones de deseo que nos inventamos para aliviarnos la angustia de la finitud.
¿Cómo saber cuál será la “última Navidad”, el “último Año Nuevo”, el “último cumpleaños”, el “último abrazo”? Sólo cuando nos damos cuenta de que ya para “siempre” será así… Que ya no habrá otra Navidad, ni el próximo Año Nuevo, ni soplará nuevamente la velita, ni me abrazará en mi próxima alegría… Ya “nunca” volverá a ser como fue.
“Último” y “siempre” se encuentran unidos definitivamente en el “nunca”.
“Nunca”… También agazapada en el pasado… “Nunca”… Otra promesa sin demasiados sinónimos.
Confieso también que me resulta imprescindible desconfiar de una palabra que de cuatro sílabas, las primeras tres son “sí” “no” y “ni”. “Si-no-ni-mo” es una palabra poco confiable…
Entonces “último”, “siempre” y “nunca” vuelven a ser veneradas. Vuelvo a plagarlas de contenido… Cuando estoy asolada por el llanto, me subo a esa posibilidad y sentencio que así como desde hace cinco meses ya “nunca” volverá a ser como antes; “siempre” la necesitaré, “siempre” recurriré a su palabra, “siempre” la extrañaré. “Nunca” dejaré de amarla, “nunca” dejaré de necesitarla, “nunca” se apagará definitivamente su luz. “Nunca” será nada… Y así será hasta mi “último” soplo.
Algunos insisten en que debo reponerme, que la deje ir, que tengo que estar mejor… Como si reponerme, dejarla ir o estar mejor fueran representaciones posibles que la oscuridad de mi noche pudiera ceñir.
“Hay días malos”… Es cierto. Y noches también. Y largas.


SEIS MESES

Tanto dolor se agrupa en mi costado,
 que por doler me duele hasta el aliento.
Miguel Hernández

“¿Estás un poquito mejor?” ... me preguntan con marcada buena intención, como si eso fuera posible.
Y yo sonrío, pongo mi mejor mirada social, cuelgo mi sonrisa en el perchero de lo correcto y apretando el “on” de las respuestas automáticas, contesto un: “Sí, sí... estoy como voy pudiendo”.
 Mientras, “¿Por qué tendría que estar mejor?”, pienso…, “¿porque pasaron seis meses?”, concluyo...
¿Será ese el parámetro de tiempo que se considera el necesario para empezar a mejorar? Pues no es el mío. Sino más bien todo lo contrario.
“Estoy seis meses peor” me digo, intentando evadir el alarido. La tristeza tiene mala prensa. Entonces, es mejor sonreír y permitir que piensen que “estar como voy pudiendo” es estar un poquito mejor. Cuando lo íntima e infinitamente cierto es que cada día estoy un poco más triste, algo más desesperada, bastante más angustiada, y enloquecidamente más cerca de lo insensato. Con muchas más ganas de verla, de escucharla, de abrazarla, de "desenterrar su noble calavera", como canta el poeta.
A medida que pasa el tiempo entiendo menos, acepto menos, y me resigno cero. Ahogo en la almohada un inútil gemido primal que machaca por qué por qué por qué...
Y vuelvo a mirar las fotos, a revisar agendas, a leer notitas, poemas, cuentos, a desempolvar videos, a repasar conversaciones, a buscar recuerdos en los rincones imposibles con desesperado propósito de recuperarla...
Un ratito, por favor, un ratito.
La convoco en sueños y la veo del otro lado del horizonte; cuando está por decirme algo pasa un avión y no me deja escucharla; cuando la alcanzo en una calle no es ella; cuando estoy por abrazarla me despierto...
Seis meses, medio año, toda una vida sin Delia. Esta vida de seis meses y toda la que vendrá... Seis meses, medio año. No. No estoy un poquito mejor. Estoy seis enajenados meses peor.


SIETE MESES
Mi abuela, la única abuela que tuve, murió en 1973. Y estalló la familia. "Mi" familia, real o inventada... Indiscutible, indisoluble, indestructible, indudable. Poderosa, numerosa, ruidosa. Esa familia era mi mundo. Todo mi mundo. El Papi, la Mami, el hermano para pelear, la hermana para aprender, tíos, tías, primos, primas, madrina, padrino. Y lacasadelaabuela era (sin dudas, opciones ni cuestionamientos) el lugar para encontrarnos. Allí confluíamos cotidianamente. En lacasadelaabuela se debatían todas las cuestiones familiares. Era el nido albergador.
Mi abuela, la única abuela que tuve, murió el 1º de julio de 1973... Fue la “primera muerte de mi vida”. Y esa familia (indiscutible, indisoluble, indestructible, indudable, poderosa, numerosa, ruidosa), real o inventada por mí, estalló por los aires.
Nos cubrió un océano de secretos bien guardados y traiciones impensadas. Los amados tíos, las maternales tías, se convirtieron en poco menos que enemigos y los primos en indiferentes. Ese océano ahogó a mi padre, que siguió a mi abuela dos años más tarde. Y esa familia indiscutible, indisoluble, indestructible, ya no tan poderosa ni numerosa ni ruidosa, le dio la espalda a mi madre que se quedó en la calle con una hija de adolescente: YO.
Así fue como “la Delia”, que ya vivía en Buenos Aires, desembarcó en el terruño natal para traernos a vivir con ella a mi madre y a mí. Y lacasadeladelia se convirtió en el nuevo nido albergador. Y fuimos construyendo una nueva familia... menos numerosa, menos ruidosa pero tan poderosa como aquella. "Mi" familia. Real o inventada por mí. Y lacasadeladelia era el lugar para encontrarnos. El nido albergador había sido reconstruido.
“La Delia”, la única hermana que tuve (madre, amiga, cómplice, compañera), murió hace siete meses. Fue, es, la“muerte más muerte de mi vida”.
“La Delia”, la única hermana que tuve, murió el 13 de agosto de 2012. Y la familia, “mi” familia (real o inventada por mí), estalló en pedazos.

sábado, 5 de enero de 2013

"ESMA no" NUNCA MÁS... Ahora es ECuNHi

Reflexión a partir de una carta escrita por un sobreviviente de la ESMA, publicado en el siguiente enlace:




Con todo, todísimo, mi respeto por Carlos Greggorio Lordkipanidse y su tremenda vivencia en ese horror que fue la sistemática política asesina del terrorismo de estado vivido por los argentinos durante la última dictadura militar, me permito disentir con su escrito.
Lo primero que, me parece, Carlos no tiene en cuenta es que la ESMA, por fortuna para todos,  ya no existe. La ESMA yo no es la ESMA NUNCA MÁS.  Ese lugar de horror y espanto fue recuperado por nuestra Democracia, y luego de no pocas discusiones se acordó generar un espacio para la vida, para la cultura, para la militancia, para el homenaje. Para honrar a aquellos que creían en un mundo mejor y los mataron por eso.
Ahora todos contamos con el ECuNHi… Espacio Cultural Nuestros Hijos… nada más y nada menos…
En el ECuNHi hay exposiciones, teatro, música… Hay arte. Hay vida. Hay cultura. Cultura nacional y popular. Y nuestra cultura nacional y popular también incluye un asado regado con buen vino para celebrar un año que se va y otro que comienza. Y yo creo que debemos dar gracias a la historia que ahora podamos disfrutar de un asadito para los que allí trabajan a diario.
Es más… yo estoy segura de que este no ha sido el primero… Sólo que a este lo organizó un Ministro al que la oposición malintencionada quiere voltear. Al ministro y al modelo democrático completo, si les fuera posible… Es por eso que estos mismos que se preocupaban cotidianamente por esconder, ocultar y encubrir aquellos siniestros crímenes que “en la jerga de esos hijos de mala madre eran llamados asados” hoy se rasgan las vestiduras hablando de “falta de respeto”. Manga de desvergonzados.
¿Se preguntará el compañero Carlos Greggorio qué hubiera publicado “MDZ On Line” (vocero mendocino de lo peor de los medios hegemónicos) sobre sus tormentos? ¿De verdad no se da cuenta de que esto no es más que una maniobra política? ¿No se cuestiona que a los que hoy divulgan su escrito les importa muy, pero muy poco, tanto su historia como el respeto por ese espacio, o por los que allí sufrieron tormentos, fueron asesinados, quemados? La mayoría de los periodistas  que hoy cuestionan al Ministro Alak, en aquellos años iban a fiestas y brindaban con champagne en las fiestas donde participaban genocidas y torturadores…
He ido a diversos eventos culturales en el ECuNHi… Reconozco que nunca me ha sido “indiferente” entrar a ese lugar. Pero siempre he salido enriquecida. Sintiendo que estar allí viendo teatro, escuchando rock o folklore,  aprendiendo con una conferencia , disfrutando de un concierto, bebiendo un vaso de vino y/o comiéndome un choripan era, es y será homenajear desde la vida a nuestros 30.000 compañeros. ¡¡¡PRESENTES!!! ¡¡¡AHORA Y SIEMPRE!!!

martes, 1 de enero de 2013

Llegó el 2013


El 31 de diciembre, en mi San Rafael natal, pasé una noche bulliciosa... como aquellas de la infancia. Rodeada de "Galileas" que son garantía de risas muchas. "Galilea" es el apellido de mi madre. Mi padre perdió su familia de muy niño... Y Galilea fue sinónimo de fiestas multitudinarias donde jamás faltaba rica comida, buen vino, gaseosas sin límite (que para nosotros, los niños de aquellos tiempos, era algo excepcional), exquisitos postres, charlas cruzadas, carcajadas sonoras, travesuras molestas, el infaltable truco de los hombres y las obligatorias y acaloradas discusiones políticas, que apuraban los finales ya entrada la madrugada...
Anoche hubo algo parecido... faltaron el truco, las travesuras y las discusiones (por suerte) pero sobró (si es que pueden sobrar) amor, risas, anécdotas, emociones, silencios "homenajeantes", miradas profundas y comprendedoras, abrazos apretadísimos, brindis "en memoria", brindis "por el pasado", brindis "por el futuro", (por el presente no hizo falta porque los estábamos viviendo), hubo muchos recuerdos y, fundamentalmente, excesiva generosidad.
A eso vine, entre otras cosas. A dejarme envolver por la esencia... A homenajear a Delia en nuestra tierra. La que nos vio nacer. La que nos abrazó en la vida. Tierra en la que ella me enseñó la mayor parte de lo que soy. Por momentos siento que aquí la despido... en otros que aquí la recupero... Y en todos esos momentos, enfrento el no poder creer que al regresar a Buenos Aires no podré llamarla para contarle toda esta catarata de vivencias... para mostrarle las imágenes de la nostalgia...

Me conmueve, me exalta, me embelesa, compartir esto con mi hijo, Lautaro amado... Verlo anoche reír generosamente con las mismas anécdotas que me divertían en mi infancia, verlo ser bienvenido por la opulenta nobleza de mis primos, verlo ofrecerles su arte, es un regalo que le agradezco a esta nueva, desconsolada, vida que voy transitando.
Y a mi lado, el compañero... mi-Musante, corriendo la misma suerte de mi regocijo...
Gracias Lautaro por venir. Gracias Musante por escoltar inclaudicable...
Gracias Héctor, Ricardo, Raúl, Analí... a sus hijos, a sus nietos... por recibirnos en su mesa tendida con el desborde de lo incondicional.
Gracias San Rafael por devolverme caminos lejanos, paisajes viscerales, ayudando a la memoria, ese sexto sentido siempre dispuesto a arrobarnos...
Allá vamos, 2013... a transitarte expectantes... esperando que nos permitas poner flores alrededor y "maquillar" un poco ese agujero negro, profundo e inenarrablemente doloroso que nos dejó el 2012...

viernes, 21 de diciembre de 2012

Chau 2012.


Estoy en condiciones de decir que el 2012 fue el peor año de mi vida. Algunos dirán que exagero, pero yo les aseguro que no. Seguramente pasaron cosas buenas, pero me pasó lo peor que me ha pasado. Lo peor. Perder a Delia es, sin dudas, lo peor que me ha pasado hasta ahora. Y los que me conocen saben que he atravesado dolores profundos... desde muy temprano... cuando la vida, o más bien también la muerte, se llevó a mi padre. Pero siempre estuvo Delia para sostenerme en ellos. En los dolores, digo. Y en este dolor, el más profundo e intenso, no la tengo y eso aguijonea aún más la herida. Y me da miedo lo que viene, porque sé que no la tendré para apuntalarme...
En este tiempo he aprendido algo: el dolor nos muestra como somos... Tal cual somos. Nos agudiza, nos potencia. Entonces, descubro que en el dolor el egoísta se vuelve más egoísta, el solidario más solidario, el generoso más generoso, el silenciosos más silencioso, el charlatán más charlatán... Como yo me sé cabrona, impaciente y ansiosa estoy segura de que en estos meses me he comportado más cabrona, más impaciente y más ansiosa que nunca. Pido disculpas por eso. Sobre todo a los más cercanos, a los que me bancan en el cotidiano...
Y agradezco... Agradezco desde el alma y desmesuradamente a los que de diferentes maneras han bancado este brutal estado mío. A los amigos y parientes más cercanos y más lejanos que se las han ingeniado para hacerse presente de mil formas; a los desconocidos entrañables que me han escrito a diario; a los que inventaron excusas para llamarme periódicamente pero con la clara intención de “distraerme”; a los que se sumaron a mis lágrimas y homenajes; a los que entendieron en silencio; a los que les dolió conmigo... a todos los digo un GRACIAS ASÍ DE GRANDE. Yo sé que no hace falta que los nombre... cada uno sabe cuán cerca mío estuvo... Y sepan que todo ayuda. Que este dolor es por momentos como una intensa agonía solitaria, muy solitaria, y que saber que están ahí ayuda a seguir hundiéndose hasta el fondo para dar la patada que ayude a salir a la superficie. Sí... si están ahí es más fácil la esperanza de volver a disfrutar de la vida.
Y a los que no... a los que no han podido acompañarme, a los que no pudieron disculparme los posibles errores cometidos en este penoso tránsito que me ha tocado... les digo gracias igual... Porque me enseñaron mucho. Me enseñaron, por ejemplo, que el dolor pone las cosas en su lugar. Nos muestra descarnado tanto el interior como el exterior de esta vida, llena de dolores y alegrías.
Intentaré en estas “Fiestas”, el mejor festejo que pueda brindarme. Con todo el desgarro a cuestas, le pondré garra y fuerza al año que comienza... Porque estoy rodeada de gente que me ama y porque a Ella le hubiera gustado que así fuera.
¡Por un 2013 con buenas noticias!, brindo con cada uno que quiera levantar su copa y chocar con la mía.


CUATRO MESES SIN DELIA

El Gordo Yacante vivía en la esquina de mi casa. Era un adolescente voluminoso y ruidoso, amigo de mi hermano. Un día se cayó de un árbol y se arrancó una pierna… Fue una conmoción para el barrio y para el pueblo todo. Y fue también mi primer contacto con una tragedia. Yo tendría 8 o 9 años y mis ojos y mis oídos no podían con tanto. Fue esa la primera vez que escuché hablar del “miembro fanstasma”. Recuerdo a mi hermano desencajado (y mirá que era difícil desencajarlo) contar que la pierna le seguía picando al Gordo Yacante, le seguía doliendo, seguía sintiendo frío o calor en el pie ausente, se le acalambraba y hasta se le dormía la pierna… como si la tuviera… Yo escuchaba silenciosa y luego le escribía a Delia que me contestaba largas cartas explicándome por qué sucedía lo que le sucedía al Gordo Yacante… Delia siempre tenía respuestas razonables y claras para todo. Y siempre tan precisa en sus explicaciones…

Hace cuatro meses que la extraño. Extraño a mi hermana… a mi amiga, a mi compañera, a mi confidente, mi cómplice, mi comadre, mi camarada, mi compinche; “mi tierra, mi sangre, mi pana y mi llave”, como dice Galeano que dicen por Latinoamérica…
Extraño a mi hermana, hermana mía… Y más… porque extrañándola extraño todo lo que ella era y todo lo que era yo al tenerla. La extraño a ella, pero también extraño su casa, que era como mía. Extraño sus comidas, el olor de su cocina, sus plantas y sus flores, sus cuadros y sus libros, su música, sus regalos creativos, sus postres deliciosos, la calidez de su habitación, la interpretación de su I Ching, su mesa generosa, la charla de su mate, la alegría de su vino Extraño sus mails, su voz, su amor por los gatos, su vocación por las palabras, su ternura abismal, su dolor social, su comprensión infinita, su emoción por las Madres, su lealtad a los Compañeros, su devoción por el Ché, su análisis exacto, su confianza en el Hombre, su paciencia con los niños, su don docente, su aguda sesera, su idea y su credo, su severidad. Extraño nuestras extendidas charlas nocturnas cuando se quedaba a dormir en casa… y hasta nuestras discusiones.
Extraño todo lo que había cuando ella estaba… Extraño su voz, su palabra, su convocatoria familiar, su abrazo, su llamado cotidiano y su reto. La extraño porque la necesito. Pero también porque ella me necesitaba… La extraño porque ella ha sido una de las poquísimas personas que me ha hecho sentir que mi opinión le importaba. Porque si yo no la llamaba ella me llamaba. Porque si le pasaba algo, bueno o malo, necesitaba contármelo. Porque buscaba mi consejo y mi opinión. Porque me amaba y me lo decía. Porque necesitaba verme y hasta con esfuerzo generaba las condiciones para que lo hiciéramos…. Extraño nuestro proyecto de envejecer juntas…
Y, sin embargo, es raro. Porque la invoco y la convoco, y ahora charlo con ella aún más que antes. Ahora charlo con ella todo el tiempo. Todo el tiempo, como si la tuviera.

Su ausencia es como si me hubieran arrancado una pierna. Que sigue picando, doliendo, sintiendo frío o calor, acalambrándose y durmiéndose… Como aquel “miembro fantasma” del gordo Yacante, que ella que supo explicarme tan bien cuando aquel doloroso asombro de la infancia. Pero ya no soy una niña, aunque así me sienta en medio del dolor; ni ella está para explicármelo…

 

lunes, 12 de noviembre de 2012

3 meses sin Delia






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Así me despierto cada mañana desde hace tres meses... con una voz que desde algún rincón desconocido reitera eso en ritmo de mantra, en tiempo de dolor, en melodía de tristeza, en son de alarido, en pulso de penita, en compás de lamento... Puede sonar exagerado o demasía, pero es así. Cada mañana me despierto, entre sollozo y suspiro, repintiendo ese arrullo entre desesperante y esperanzador... Esperanzador de que todo haya sido una patética pesadilla. Pero no. No. Y así empieza cada día... y me miro al espejo y pienso en Delia y salgo a la calle y veo a Delia y entro a laburar y espero a Delia y estudio y necesito a Delia y miro el jacarandá florecido y está Delia y voy al cine y comparto con Delia y estreno espectáculo y la veo entre el público y voy a cenar y pido su comida favorita y levanto una copa de vino y brindo por ella, brindo con ella,  y pienso en mi infancia y husmeo su abrazo y leo una novela y busco su palabra y miro el cielo y siento su ausencia y pienso en mi madre y tropiezo con Delia y pienso en mi padre y Delia me acompaña y agarro el teléfono y pienso en llamarla y entro en el facebook y busco su muro y miro sus fotos y lloro en silencio y leo los diarios y recuerdo su compromiso y sonrío y acaricio a Delia y nace Julia y la convoco y así... en cada cosa que hago, que escucho, que digo, que pienso, que siento, que observo está Delia sin estar... sin estar... Así... desde hace tres meses... cada día, cada hora... y pienso el futuro y me aterra sin ella...
¿Cómo dicen? ¿Que la deje ir? Ya se fue... no necesité dejarla ir para que se vaya... se fue sin que yo la dejara irse...
¿Cómo dicen? ¿Que siga adelante? Sigo... no sé cómo ni sé con qué fuerzas, pero sigo adelante...
¿Cómo dicen? ¿Que ella está para siempre adentro mío? Sí... lo sé, lo sé... desesperadamente lo sé... irreversiblemente lo sé... insoportablemente lo sé...
Si es por eso que cada mañana, desde hace tres meses, me despierta un susurro que desgarradoramente vuelve a repetirme:

...delia delia delia delia delia delia delia delia delia delia delia delia Delia Delia Delia Delia Delia Delia Delia Delia DElia DElia DElia DElia DElia DElia DElia DElia DElia DElia DElia DElia DElia DElia DELia DELia DELia DELia DELia DELia DELia DELia DELia DELia DELIa DELIa DELIa DELIa DELIa DELIa DELIa DELIa DELIa DELIa DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA delia delia delia delia delia delia delia delia delia delia delia delia Delia Delia Delia Delia Delia Delia Delia Delia DElia DElia DElia DElia DElia DElia DElia DElia DElia DElia DElia DElia DElia DElia DELia DELia DELia DELia DELia DELia DELia DELia DELia DELia DELIa DELIa DELIa DELIa DELIa DELIa DELIa DELIa DELIa DELIa DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA DELIA .. y así empieza un nuevo día.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Estrena mi amigo... Francisco.



PARIR: (Del lat. parĕre).
1. intr. Expeler en tiempo oportuno el feto que tenía concebido. U. t. c. tr.
2. intr. aovar.
3. tr. Dicho de una cosa: Producir otra.
4. tr. Expresar acertada y claramente lo que se piensa.
5. tr. Hacer salir a luz o al público lo que estaba oculto o ignorado.

 No sólo las mujeres parimos, querido mío. Parir no es una condición femenina... Es una condición humana. Y vos sabés de eso.
Porque parís desde el fondo mismo de tu fuerza, con dolor y alegría, cada uno de tus procesos creativos.
Y llegó el día.
Hoy parirás un nuevo hijo.
NADA TE TURBE, amigo mío.
Parirás A LAS PALABRAS desde el centro de tu esencia.
Darás a luz.
Y el público recibirá, recibiremos, la criatura en nuestros brazos y la arrullaremos con el alma.
Te quiero.
Mucha mierda.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Primer estreno sin Delia


Raro, difícil y triste me resulta llegar a este primer estreno sin Delia... 
Atípico será no recibir su abrazo, no entibiarme con su emoción, no disfrutar su opinión... No recuerdo estreno en el que ella no me haya acompañado. Intensamente, como todo lo que hacía. 
 Hace unos días una médica sabia me dijo: “La muerte nos sucede a los vivos. Ella se murió. Pero su muerte te sucede a vos. Y con eso cada uno hace lo que puede.” Y debe ser así, nomás... Yo estoy pudiendo poco. Pero pude retomar este proyecto y llegar a su estreno. Así fue como le he ido dedicando cada ensayo, cada palabra aprendida, cada gesto logrado. Así es como le dedico este estreno. Y le dedicaré cada función... Este proyecto todo, desde mí, es para ella. Porque ella ha estado en él más presente que nunca, más flagrante que en ningún otro... Pero me sobra su ausencia por todos los rincones... “La presencia del ausente”, que le dicen. 
Agradezco mucho, pero mucho, a Fernando Alegre (director), Alicia Naya (compañera de elenco) y Martín Althaparro (asistente): por la paciencia, por las palabras, por el silencio, por los recibimientos, por comprender, por apoyarme y contenerme. 
Agradezco el abrazo preciso e imprescindible de Lautaro
Agradezco la compañía de Musante, compañero. 
Y agradezco especialmente a todos los que sensible, generosa y buenamente me han llamado o me han escrito manifestándome sus deseos de acompañarme (física y/o espiritualmente), comprendiendo sin vueltas la complejidad de este estreno para mí... Cada palabra, cada ofrecimiento, cada deseo me han llegado al centro del alma. 
Allá voy... a sentir una vez más ese vértigo que se produce cuando las luces se apagan, el murmullo se calla, el reflector se enciende, y uno sube a ese espacio sin red que es el escenario... 
Delia no estará sentadita en la platea. Pero estará todo el tiempo entre cada espectador y yo. 
No lo duden. 
3 de noviembre, 2012 – A dos meses, veinte días y poco menos de once horas del zarpazo brutal.

sábado, 20 de octubre de 2012

PRIMER DÍA DE LA MADRE SIN DELIA


...Delia, mi hermana (por si algún distraido necesita aclaración), fue una de las mejores madres que conocí en mi vida. Delia era NATURALMENTE madre... Fue mucha madre mia. Fue madraza de sus hijas. Tenía paciencia de madre desde muy chica y para con todos...
Delia me enseñó a ser madre. Me ayudó a ser madre.
La muerte de Delia, sin dudas, termina de completar la muerte de mi madre... También la de mi padre.
Es desmesurada esta sensación de absoluta orfandad. Ahora me siento violentamente huérfana de verdad y para siempre... Responsable absoluta de todo el relato...
Es raro en este Día de la Madre sentirme por primera vez y para siempre: Sólo madre...
Ya no ser hija...
Sólo madre...

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Día difícil. 
Me cuesta hoy tanto recibir como decir el saludo de "Feliz día". No es feliz hoy... Es uno de los días más tristes de mi vida... Qué le voy a hacer... es así. 
Recibo emocionada el abrazo aliviador de Musante. El abrazo intenso y sanador de Lautaro, razón de mi vida. Y me entrego a la tibieza del abrazo de quien quiera brindármelo...
Tengo amigas MADRAZAS que merecen hoy tener un día feliz. Llenas de mimos y regalos.
Tengo una sobrina MADRAZA, a la que hoy acompaño en su tristeza con toda la dimensión que mi alma pueda brindarle.
Tengo una sobrina MADRE de uno de mis sobrinos nietos y embarazada de su segundo hij@...
Tengo una sobrina a punto de ser MADRE... Sueño de muchísimos años a punto de cumplirse... Madre ya...
A todas ellas, mi corazón.
Y a todas las madres que llevan adelante su maternidad ejerciendo ese amor entre sublime y devastador que se siente a partir de la primera respiración del hijo: ¡¡¡¡PASEN USTEDES UN DÍA BELLO, LLENO DE MIMOS, LLENO DE ABRAZOS, DE RICA COMIDA, DE RISAS, DE REGALITOS!!!



viernes, 19 de octubre de 2012

"Las palabras van..." - Muestra homenaje


La palabra sana. Así decía Delia a menudo… Y de hecho su palabra era sanadora. Es sanadora… Y será…
En este tiempo, en estos dos meses y monedas, me he aferrado casi obsesivamente a su palabra. He buscado sus poemas, sus cuentos, sus relatos. He hurgado en agendas, libros, cajas. He recuperado dedicatorias, tarjetitas, esquelas… Todo me sirve… Su palabra es prácticamente lo único que me alivia un poco la tristeza infinita que me atraviesa. Literamente, me atraviesa.
Su palabra y la compañía de Musante. Compañero incansable.
Y el abrazo de mi hijo... infinito y curador.
Y así como su palabra me sana, su palabra me convoca…
GUIJUANA DE ARTE me insistió hace dos días en que participara en la muestra “Las palabras van…” y acepté el desafío…
Así es que participo de esta muestra con palabras que no son mías pero me pertenecen.
Participo con dos propuestas muy diferentes entre sí pero con un denominador común: YO.
Palabras de Delia, mi hermana hermana mía.
Palabras de Musante, compañero amor mío.
Por un lado, 9 poemas de de Delia mezclados con imágenes… infancia, pueblo, alegría, dolores…
Por otro lado, 17 sonetos de Musante dedicados a nuestro amor… a mí.
Palabras de Delia.
Palabras de Musante.
Palabras mías por prepotencia del amor.
PALABRA, AMORES, RECUERDOS…
¿Qué más para un alivio?
¿Qué menos para un Homenaje?

La muestra inaugura el sábado 20 (sí, pasado mañana) en Guijuana de Arte. Anchorena 914, a partir de 20.30. Y estará abierta hasta el viernes 26 de octubre todos los días de 17 a 20.
Ojalá puedan acompañarme. Los espero.



Dos meses sin Delia...

13/10/12
Dos meses. Dos meses sin Delia. ¿A qué dios le rezo? ¿Con qué dios me enojo? ¿Qué es esta devastadora soledad de Delia? No quiero. Y no tiene ninguna importancia que no quiera. Es. Así de irreversible. Es. Y ni siquiera es que Delia no está. Porque está. Estar está... Es la ausencia. La ausencia sucede aunque yo no quiera. Aunque no lo acepte.
 ¿Qué es lo insoportable si hay que soportarlo? Lo insoportable es lo irreversible. En lo irreversible sucede lo insoportable. Dos meses. Y la seguridad de que será para toda la vida. No quiero sobrevivir a nadie más. No quiero que me suceda lo insoportable de otras ausencias..., de otros irreversibles...
 No quiero vivir para contarlo... No quiero que el cuento me corresponda... Y no tiene ninguna importancia que no quiera...

martes, 25 de septiembre de 2012

SOMOS SOLOS

Perdí el sentido del sinsentido. Y ahí ando... sin brújula ni faro.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Un mes sin Delia...

Un mes sin Delia. ¿Un mes? Sí, un mes. Pero déjenme decirle que fue ayer… o recién… o que duele más que hace un mes. Mucho más. Más que ayer. Y estoy segura de que duele mucho menos que mañana. Y muchísimo menos que dentro de un mes. Aunque duela hasta lo insoportable.
Ya lo escribí por ahí pero lo repito:  Es insoportable. Insoportable. En el más estricto y literal sentido de la palabra insoportable. Es insoportable que Camilo la haya disfrutado tan poco tiempo. Es insoportable que ella haya disfrutado a Camilo tan poco tiempo. Es insoportable que sus hijas ya no la tengan. Es insoportable que Delia no esté. Es insoportable. Y me pregunto casi obsesivamente "qué es lo insoportable si se soporta". Pero no. No se soporta. Sólo se sigue viviendo... hasta que empiecen a acomodarse algunas cosas y lo hagan menos insoportable. ¿Menos insoportable? No lo creo…
No quiero que Delia se haya muerto. No quiero. No quiero que Camilo no la tenga. No quiero que las chicas, sus hijas, no la tengan. No quiero que sus compañeros no la tengan. No quiero que Lili no la tenga. No quiero que las Barahúndas  no la tengamos. No quiero no tenerla yo... No quiero. Y lloro y grito y me angustio y me enojo y no me cabe tanta pena ni tanta ira...
Y qué más decir… Sólo buscarla a ella en sus palabras. Sus palabras… que siempre me guiaron. Que siempre me sanaron. Que siempre me enseñaron.
Entonces busco entre sus palabras. Y encuentro un escrito de Delia cuando “fundamos” el grupo "Barahúndas". Con todo su cuerpo y su alma cumplió con el compromiso de lo escrito. Como ella era. Todo mucho. Delia era mucho. Mucha hija, mucha hermana, mucha madre, mucha tía, mucha abuela, mucha suegra, mucha vecina, mucha cuñada, mucha compañera, mucha amiga… Mucha. Mucho.
Y así se la extraña… en esa exacta medida: Mucho.
Aquí su palabra… para que siga “girando en el bello planeta”.

“(…)  los grupos (sigo las teorías de Paulo Freire) se dividen tipos o categorías o estilos. No voy a enumerarlos pero sí digo que el que me interesa es el ESTILO DEMOCRÁTICO y, justo, justo, justo, es el que más esfuerzos exige.
De plano: no es autoritario y respeta los pensares y sentires de cada uno. A todos les interesa la participación, propia y de cada integrante y la cooperación.
Considero que el grupo, como todo en la vida, no se compra hecho sino que es una construcción y no siempre facilonga.
Nada se impone en el grupo democrático, todo se acuerda.
Dentro de estas consideraciones, coincido ampliamente en que NO PENSAMOS IGUAL, no vivimos igual, no hacemos las mismas cosas, somos individuos (¿individuas?), con un cerebro cada una.
Creo que no es tan importante señalar o reflexionar sobre las diferencias. Lo importante son las coincidencias. Y avanzar con uno u otro u otros objetivos.
Lo de los objetivos es esencial a un grupo; es el elemento de cohesión. Mi idea, díganme si me equivoco, es que el primer objetivo de este grupo fue amarnos. Basarnos en el cariño existente y profundizarlo voluntariamente. Eso exige confiar. Al menos a mí, este asunto de confiar me cagó rabiosamente en “Aquelarre”; es algo que tuvo que ver con experiencias anteriores, durísimas, que no vienen al caso. Solo que fue así, me jodió mucho lo ocurrido.
Desde mí, en este grupo me interesa que se exprese libremente la verdadera opinión; libremente, el que no quiera opinar sobre algo también está libre, pero aclararlo sencillamente es todo un gesto. La libertada de expresión y la diferencia de opiniones, es decir, la respuesta auténtica, no solo debiera estar permitida entre nosotras (espero que lo esté) sino que debemos sentirlo como una exigencia. Si por temor o algo como la culpa, alguien no expresa su "sentipensar", estamos en problemas.
Un grupo que funciona con estilo democrático ayuda a cada integrante a ser feliz. Yo encuentro felicidad al pertenecer a Barahúndas; tengo un cariño grande por el grupo y cada integrante. Y no quiero considerar desintegración del grupo.
Propongo pensar en nuestras coincidencias y hablar de estas cosas. Y pensar que lo perfecto no existe; es un invento del clero medieval. Todo es perfectible.
Tener libertad de expresión es un derecho que se defiende expresando. Una felicitación a Stella, con todo mi amor, por haber dado el puntapié para que nos expresemos sobre esto(*). (…)”
María Delia Matute

(*) Dejo esta mención a mí porque siempre me ha dado mucho orgullo que Delia me felicitara pòr algo...


martes, 21 de agosto de 2012

No quiero.

No quiero. No quiero que pase el tiempo. No quiero que nada se acomode. No quiero atravesar el duelo, ni amasarlo, ni cruzarlo, ni eludirlo. No quiero. No quiero que llegue el consuelo ni que se sequen las lágrimas. No quiero aceptarlo. No quiero. No quiero dejar de llorarla. No quiero que se me apague su voz. No quiero levantar el ánimo ni calmar la angustia. No quiero. No quiero descansar ni estar cansada. No quiero estar entera. No quiero que la vida “vaya”. No quiero este dolor. No lo quiero. No quiero el silencio. No quiero las palabras. No quiero ser fuerte ni débil ni nada. No quiero esta pena. Ni quiero el alivio. Por momentos no quiero que la vida siga ni que el sol salga. No sé cómo se vive sin Delia. No quiero que Delia haya muerto. No quiero.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Mi hermana Delia: HERMANA MÍA




Y recé. Imploré, y supliqué y rogué y pedí y prometí 
 y le puse fuerza y visualicé violeta y me vestí de verde 
 y guardé estampitas y crucé los dedos y pensé en positivo 
y la rodeé de luz y mandé energía y pedí ayuda y me dejé ayudar 
y le hablé y confié y volví a rezar y volví a suplicar y volví a prometer. 
Y recé. 

Para que se entienda...
Delia estaba por cumplir 10 años cuando yo nací. He escuchado a mi abuela y a mi madre contar incansablemente que ella, Delia, me tomó como “su muñeca preferida”. Me cuidaba, me cambiaba, me peinaba, me alzaba, me jugaba, me daba de comer, me paseaba, me amacaba…

Delia estuvo presente en cada acontecimiento de mi vida. En todos y cada uno.

Delia me enseñó a caminar y a hablar. Me enseñó a leer y también me ingresó en el mundo de la lectura. Me llevaba a la escuela y me iba a buscar. En mis terrores nocturnos infantiles Delia todas las noches corría su cama hacia la mía para quedar cabecera con cabecera y nos dábamos la mano por debajo de las almohadas. Sólo así yo podía dormirme. Durante años. Más tarde supe que ella lo hacía para que yo no volviera a dormir a la habitación de mis viejos. Era tan joven y ya sabía lo que era mejor para mí. Y se jugaba por eso. Porque mi vieja decía, “pasamos la cama de “la Stellita” al cuarto nuestro de nuevo y listo, así vos podés dormir tranquila” Y ella contestaba, “yo duermo tranquila con la mano de “la Stella” entre la mía”.

Me hizo conocer en forma muy temprana a Los Beatles, a Serrat y a Miguel Hernández. Tuve primera noción de la dimensión del dolor cuando se vino a vivir a Buenos Aires. Yo tenía 9 años y me enfermé de tanto llorar. Y volví a la habitación de mis padres. No podía dormir sola. No podía con tanta soledad. También, luego, fue la dimensión de la alegría cada vez que iba a San Rafael a pasar las Fiestas y me traía con ella de vacaciones a su casa. Me encantaba venir a visitarla. En alguna de esas vacaciones me convenció de que la habitación de los padres es de los padres. Y que los miedos se vencen enfrentándolos…

Delia fue quien me enseñó eso de “hacerme mujercita”, como se decía en aquel entonces.

Me resultó siempre imposible no llorar cuando nos despedíamos. Si era ella la que se iba yo quedaba en el andén llorando y ella desde la ventanilla me sonreía acercándome consuelo mientras repetía abriendo grande su boca (para que yo pudiera leerle los labios): “NO LLORES. NO LLORES”. Y cuando era yo la que me volvía a casa, la situación se repetía “en viceversa”, yo arriba del micro y ella en el andén, con la mano en alto y a su boca, sonriendo, moviéndose enorme: “NO LLORES. NOLLORES”. Ni sus promesas de escribirme cada semana (que cumplía puntualmente) me acercaba ese consuelo cuando me despedía de ella.

Con Delia conocí el mar.

 Fue ella, también, la que me dio la noticia de la temprana muerte de mi padre. “¿Él está bien?”, pregunté yo desde mi negación de adolescente. Y ella, tomando mi cara entre sus manos y mirándome profundamente como sólo ella sabía hacerlo me contestó: “Sí. Él está bien… Él ya está bien.” Y me abrazó llorando. Esa fue la forma… Esa fue la frase… todavía puedo escucharla. Tenía una enorme capacidad de sintetizar en una sola frase un mundo entero. Eso siempre me maravilló.

Cuando Delia cursaba su primer embarazo tuve sus síntomas. Yo tenía 15 años y a la distancia sentía náuseas, mareos, me paraba con la panza para adelante y la mano sobre el vientre. No sé si eso es bueno o malo. Pero me pasaba. Nos reíamos mucho o, más bien, muchos se reían de mí. Ella me abrazaba y me llenaba de besos.

Delia me trajo a vivir a Buenos Aires.

Con ella y su primera hija bajamos del tren en Retiro, mi madre y yo, cuando decidió ir a buscarnos para venir a vivir en su casa. Eran tiempos negros. Los temibles días de la dictadura. Valiente como siempre arriesgó su vida para protegernos a nosotras que nos habíamos quedado demasiado solitas en la tierra familiar.

Delia me cuidó de los milicos.

Mis dieciséis mendocinos años llegaron a Buenos Aires sin entender nada lo que estaba pasando. Y con miedo y en voz baja fue ella quien me develó qué eran la injusticia social, la solidaridad, la generosidad, la justicia, la política, la militancia, los derechos humanos. Su grito era mi grito, su escondite mi escondite, su pasión la mía, sus amigos mis amigos. Sus compañeros desaparecidos fueron, son, mis desaparecidos.

Delia me presentó a las Madres de la Plaza.

Yo hablé durante años por boca de mi hermana. No emitía opinión sin antes corroborar con ella si no estaba equivocada… Durante algún tiempo tuve que trabajar intensamente para separar mi voz de la suya. Y cuando finalmente pude adueñarme de palabras y afianzarme en opiniones, hacer un camino propio, aprender a soportarme, volví a acordar con sus dichos, sus ideas, sus principios. Ya éramos maduras.

Delia me enseño a crecer.

Me costó mucho entender qué joven era mi hermana cuando yo la veía tan grande, grande, grande. Qué joven era cada vez que nació cada una de sus hijas… (con las otras dos también tuve síntomas). Yo la veía tan madraza, tan experimentada. Allí estaba yo mirándola cambiar pañales, dando la teta, haciendo papillas, consolando celos, bajando fiebres, y ayudando a crecer. Para mí Delia siempre supo todo. Y podía ponerlo en palabras sabias con tanta facilidad, con tanta síntesis… palabras que abrazaban, consolaban, calmaban, aclaraban, ordenaban.

Delia me ayudó a decidir tener a mi hijo.

Y también estuvo allí el 12 de julio de 1989 cuando comenzaron mis primeras contracciones. Y allí estaba tocándome la frente cuando me llevaban para la sala de parto y en la habitación cuando me trajeron a Lautaro. Fue ella quien me dijo: “ponelo en la teta, Stella”.
Y también estuvo sosteniéndome y secando mis lágrimas cuando sucedió lo de Tobías, mi segundo hijo.

Por suerte también hemos peleado… Hemos desacordado, discutido, nos hemos distanciado. Y siempre nos hemos reencontrado. A veces me sublevaban sus intransigencias. Porque, claro, yo me montaba en las mías. Y después sucedía el abrazo.

Fue Delia, obvio, quien me dijo en un hilo de voz: “la mami falleció, Stellita”. Eso fue hace cuatro años. Y "la Stellita" bajó del taxi y nos fundimos en uno de esos abrazos en los que no se sabía dónde empezaba una y dónde terminaba la otra. Cuando nos miramos éramos otras. Éramos huérfanas... Pero nos teníamos mutuamente.

A partir de ese momento muchas veces sentí que yo era “la mayor”. La más grande. En edad, digo. Más grande que Delia es difícil que alguien sea… Pero digo: ella estaba frágil desde hace algún tiempo y yo quería, necesitaba, cuidarla. No sé si lo logré… Pero sé que lo intenté. Hablábamos todos los días. Todos. “Fundamos” una cofradía con tres amigas y adquirimos el compromiso de escribirnos al menos una vez por día. Todos los días. Será muy difícil, (difícil por decir algo, será devastador), soportar no volver a tener el privilegio y la emoción de recibir sus palabras cada día.

Una dulce sensación, frente a este océano de tristeza, desazón y dolor, es percibir que no nos quedaron cuentas pendientes. Nos hemos dicho todo… o por lo menos todo lo que tuvimos ganas de decirnos. Nos hemos abrazado mucho. Hemos discutido. Hemos charlado. Nos hemos dicho “te quiero” infinidad de veces. Y aseguro que no hacía falta. Nuestro amor era palpable. Pero lo decíamos igual.

Sí nos quedó mucho por hacer: infinidad de cafés, demasiados mates, charlas a raudales, idas al cine, al teatro, salidas con Camilo, salir de compras, ir juntas a un spa, hacer un viaje, incontables chismes, excesivas risas… Envejecer juntas, como solíamos prometernos.

Voy a extrañarla hasta lo inimaginable. Hasta en mi último aliento… Ya la extraño. Hace días que la extraño. Que la necesito. Como aquellas noches que corría su cama para darme su mano por debajo de la almohada…

Me consuela un poco, pero sólo un poco, saber que ella no sufrirá este dolor que estoy sufriendo, que no será atravesada por este agujero feroz que me deja sin pensamiento, que no quedará ausente de tanta ausencia… “Vos tenés el deber de morir después que yo”, me dijo alguna vez hablando de la muerte, “porque soy la mayor, y porque no soportaría tanta pena, no vine preparada para eso”. Ella… que parecía preparada para todo. Lo que no sabía, y se fue sin saberlo, es que yo tampoco. Yo tampoco soporto esta pena. Yo no soy fuerte… nunca lo he sido. Era fuerte porque la tenía a Delia. Ahora que no está sólo un suspiro puede derribarme… Y no tengo su palabra para que me diga cómo evitar ese suspiro…

Delia murió el 13 de agosto. Murió. ¿Murió? ¿Cómo es posible?
En fin… que estoy deshecha. En el sentido más literal y exacto de la palabra. Des-hecha. Deberé empezar a rehacerme sin Delia. Sin su enorme asistencia. Sin su omnipresencia. ¿Cómo se hace? ¿Por dónde se empieza? No sé… no sé cómo será la vida sin Delia.

(Con real, profundo, extremo, irreversible, dolor en el alma)
Agosto, 2012.

domingo, 5 de agosto de 2012

¿A qué está dispuesto un actor por un poco de notoriedad?


‎"Rosemary Woodhouse, una joven ama de casa, está casada con el actor de teatro Guy Woodhouse. Rosemary es una mujer joven y alegre, totalmente dedicada a su hogar y a su marido, con quien anhela tener un bebé. Guy, por su parte, desea alcanzar el estrellato. Guy y Rosemary acuerdan tener el hijo tan deseado, y planean la fecha ideal para que ella quede embarazada. Una noche, Rosemary tiene alucinaciones y pesadillas, en las que es aparentemente violada por un ente no humano. Cuando despierta, Guy se disculpa por haberle hecho el amor mientras estaba inconsciente, y ella descubre que está embarazada. Guy le ha vendido (a través de una secta) el alma de su primogénito al Demonio a cambio de convertirse en una estrella de teatro, reemplazando a una primera figura que la secta deja ciego en un accidente planificado". 

Siempre me ha llamado la atención que tanto en la novela original de Ira Levin , como en la extraordinaria adaptación de Roman Polansky, quien vende el alma de su hijo al diablo sea un actor de teatro sin trabajo, deseoso de notoriedad...

lunes, 30 de julio de 2012

"Dejar ir" es dejar crecer. Y también crecer.



‎"Dejar ir es mejor que retener"... Aunque duela, duela, duela, duela... "Dejar ir"... sin maquillajes, atravesando el dolor. "Dejar ir" no es lo mismo que "mirá cómo te dejo ir pero te tengo acá". "Dejar ir" duele. Mucho. Pero deja crecer. De verdad. Sin maquillajes. A veces resulta insoportable. En el literal y exacto sentido de la palabra. Insoportable. Y no se soporta, y se sigue soportando. "Dejar ir" deja crecer. Y hace crecer. También se crece "dejando ir". Es un ejercicio difícil, intenso, extremo. Hay "permisos" disfrazados. Y el que cree que se ha ido no se ha ido y sigue ahí. Porque el otro le disfraza el permiso... Yo sé de qué hablo. Yo sé.

lunes, 23 de julio de 2012

Se murió Alicia Zanca... Y es tristeza.


Tamara Garzón Zanca y Lautaro (mi hijo) tenían entre 3 y 4 años cuando comenzaron a ser compañeritos de Jardín de Infantes. Ahí conocí a Alicia. Y recorrimos juntas, y junto a otras madres con las que formamos un grupo muy unido (Sandra, Vilma, Susana, Marcela), el resto de ese período y los 7 años de la primaria. Tuve el privilegio de compartir con ella muchos cafés, muchas charlas, mucho acto escolar, mucha risa, algunos llantos... No sé si fuimos amigas pero sí sé que nos unió un cariño entrañable que tenía que ver con el amor de nuestros hijos. Descubrí en Alicia a una madre inmensa. INMENSA. A una luchadora incansable, a una estudiosa insaciable. Alicia miraba profundamente a los ojos; cuando te abrazaba te abrazaba fuerte, cuando reía contagiaba y cuando lloraba uno lloraba con ella. Mujer intensa... agradecida, sensible. Sus hijos Juan y Mariano le habían ofrecido un camino de la vida que ella transitaba con pasión y alegría. Y Tamara era su proyección y su faro. La escena nacional la va a extrañar. Tanto como aquellos que tuvimos el placer de conocerla de cerquita... Hoy no puedo pensar en otra cosa... Es como si se hubiera abierto con su muerte una represa de recuerdos, de imágenes, de colores... Veo las fotos que Tamy pone en su muro de facebook y no puedo dejar de llorar... Por Tamy, por Juan, por Mariano y un poco por mí; porque con su muerte comienza a morir definitivamente un período de vida que parecía reciente e intacto...
¡Hasta siempre, Tana!

miércoles, 11 de julio de 2012

23 años


Yo quisiera estrenar palabras para dedicárselas a Lautaro. 
Pero no me salen. 
La emoción de recordar aquel día, hace 23 años, me impide escribir, 
¡con lo que me gusta!, 
la exacta dimensión de lo que siento. 
De todo lo bueno que le deseo... 
¡¡¡Feliz cumpleaños, hijo!!!!