"Una casa con un techo chato en donde impera el cielo. Y en donde cada uno puede dialogar consigo mismo perdiéndose con la mirada en el horizonte.
Semejante a esta casa es para mí, en una sola palabra, el teatro."
(Eugenio Barba - El cielo del teatro, 2009)
martes, 19 de abril de 2016
miércoles, 13 de abril de 2016
13 de abril - Jornada histórica
Alguna vez yo diré "estuve ahí",
y se me llenarán los ojos de las mismas lágrimas.
Yo
El peronismo nunca sabrá cuánto, pero ¡cuánto!, le agradezco que me haya recibido...
Podría no haberlo hecho.
Y yo no me hubiera enterado nunca de esta emoción, de esta alegría, de este compromiso. De lo maravilloso que es estar también "a favor" y no sólo "en contra".
Le agradezco al peronismo por los 12 años. Por las Plazas de festejo, por los abrazos, por las lágrimas, por sentirme parte de un mar de amor infinito. Le agradezco por haberme incluido en este sentimiento de Patria que me quema el pecho.
Le agradezco al kirchnerismo haberme abierto esa puerta.
"Los días felices fueron, son y serán peronistas", dicen.
Y no me caben dudas. No me caben dudas.
Gracias.
domingo, 3 de abril de 2016
Pensamiento
El tener incluye el miedo a perder.
(Un domingo cualquier. Con miedo a tener. Y miedo a perder lo que se tiene.)
viernes, 18 de marzo de 2016
Disquisiciones frente al mar
Disquisiciones frente al mar:
1.
¿No será que Freud sentía una profunda envidia por el útero?
En esos años de machismo a ultranza fue fácil creerle al científico que las
mujeres sufríamos envidia del pene y nos sentíamos incompletas por esa falta.
Pero con el correr de la historia, ¿no será hora de revisar la envidia que los
hombres sienten por la falta de útero y su consiguiente imposibilidad de
engendrar y parir? ¿No sentiría Freud esa falta? ¿No habrá sido esa envidia lo
que lo ayudó a construir su histórica y científica teoría?(13/03/16)
2.
Hoy la sensación es que si no nos conectamos no podemos
desconectarnos. Y andamos buscando conexiones para poder estar tranquilos y
desconectar. (15/03/16)
3.
Generosa como es, la playa aspira millones de puchos recién
fumados por aquellos que disfrutan de su calidez tanto como del humo del
tabaco. Acuna bolsas de supermercado que y ya no usan quienes comieron
retozándola. Deglute toneladas de yerba de mates charlados entre risas y
anécdotas. Anfitriona como es, ofrece su mantel de arena tibia a miles de
bandejas y vasitos plásticos que vaciaron de manjares las familias veraniegas.
Sedienta como es, se bebe todas esas latas, botellas y coloridas tapitas de las
gaseosas y cervezas que los adolescentes, y no tanto, se han bebido antes.
Milenaria como es, la costa marina va muriendo pausado en manos del animal
humano que destruyendo disfruta. O disfrutando destruye, da lo mismo. (16/03/16)
4.
Hay colores que existen solo cuando uno cierra los ojos. No
hay azules tan brillantes, ni rojos tan intensos, ni verdes tan sanadores, ni
violetas tan innovadores que los que se ven entre la retina y la relajación del
párpado.
¿En qué lugar habitan esos colores cuando abrimos los ojos y
vemos lo que parece real?
Misterio de este tiempo indescifrable que llamamos
vida. (16/03/16)
5.
“No. No es cielo ni es azul”.
Es mar cosido al bies por esa costura que va de lado a lado en el infinito. Y se vuelve gris y verde y plata y oro cuando el sol le regala su rayo virginal. (17/03/16)
Es mar cosido al bies por esa costura que va de lado a lado en el infinito. Y se vuelve gris y verde y plata y oro cuando el sol le regala su rayo virginal. (17/03/16)
EL SENTIDO DE ESTAR ACÁ
A Lautaro.
Porque siempre de él se trata.
El día de otoño se vistió con las mejores galas de verano en horas de la tarde. En caravana fueron bajando a la playa, turistas y lugareños, sedientos de olas y arena.
Ella se distinguía por su blancura de invierno llenándose los ojos de horizonte sentada en un tronco abandonado en la orilla . Algo de su melancólica ansiedad enunciaba que estaba recién llegada y ávida de amplitud y silencio.
Sin alcanzar a decírselo a si misma comenzó a caminar hacia las olas. Un solo estremecimiento la detuvo en el frío del primer contacto con el agua. Bajó las manos y las hundió en la frescura, se mojó la cara y siguió caminando. Cruzó la primera rompiente y se dejó derribar por la ola más grande que encontró en su camino. Cruzó la segunda rompiente y se tiró de espaldas haciendo la plancha sobre un tramo de mar planchado. Abrió los brazos y se dejó acunar por la inmensidad.
El armado de una ola la elevó hacia el cielo y la zarandeó sin rumbo fijo. Se dejó llevar y desapareció en la espuma. Recién ahí, cuando pudo recuperar la estabilidad, miró hacia la orilla y midió su distancia en el diminuto tamaño de quienes disfrutaban de la arena jugando a la paleta, corriendo un perro o tomando sol. Fue entonces que supo de la extraña soledad que la habitaba. Nadie la miraba. Nadie la esperaba. Nadie se preocupaba por si ella se alejaba demasiado. Nadie sabía que ella estaba ahí, rodeada de la desmesura de agua ondulante. Una inmensa ola le pasó por encima y se vio en un canal de parto pariéndose a sí misma.
Sola. Naciente. Inaugural.
Pensó en su hijo. Siempre piensa en él frente a los grandes deseos o temores. Pensó en esa comunión de almas que la une al él en un para siempre impregnado de vida.
Pensó en su libertad y sus dolores. Los de él.
Pensó en su libertad y sus dolores. Los de ella.
Pensó en ese tiempo en que era imposible que su crío estuviera sin ella y en este tiempo en que casi nunca sabe dónde anda. En este día en que él no tiene idea en dónde está su madre.
Y está bien que así sea, intentó decirse.
Otra ola, violenta, le descontroló las piernas y la revolcó en sal y conchillas. Intentó pararse y no hacía pie. Dudó un segundo, o un milenio. No supo. Intentó dejarse hundir para patear el piso. No pudo. Miró hacia la costa y se dio cuenta de que algo involuntario la había alejado demasiado. "Si me desespero no vuelvo", logró pensar. Se relajó y se dejó hundir. Desde allí abajo empezó a nadar a favor de la corriente sólo cuando la corriente se lo permitía y se vio volviendo a tierra firme. Donde nadie la esperaba. Donde nadie se había enterado que ella estaba sin hacer pie. De pronto sus rodillas se clavaron en la arena. Apoyó las manos y se ayudó a pararse. El agua le llegaba por debajo de la cintura.
Caminó sorteando pozos y resistiendo a la fuerza del agua que ahora la empujaba desde atrás.
Se fue deshaciendo de las olas y de la sal. Con sus dos manos al mismo tiempo estiró hacia atrás su pelo y se refregó los ojos en claro gesto de aclarar la vista.
Giró y miró la inmensidad.
Y reafirmó en ese instante y para siempre que esa esencial soledad incomprensible y esa perfecta imperfección que la había devuelto a la playa tenía un único sentido desde sus ancestros hasta el infinito de futuro aconteceres: su descendencia.
(16/03/16)
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Stella Matute
miércoles, 24 de febrero de 2016
Cuando amenazan los protocolos
"No se van a animar" leo, y sonrío con los ojos
llenitos de agua y un alarido que viene del fondo mismo de la historia me
susurra "sí, se van a animar se animaron se animan y se animarán son
asesinos y se han animado ya unas cuantas veces a lo más atroz de la historia.
Sí se van a animar porque para eso vinieron. Porque ya lo hicieron y están
desesperados por volver a hacerlo. Ya nos han bombardeado, nos han fusilado,
nos han torturado, nos han desaparecido, nos han robado los hijos. Ya lo han
hecho. ¿Por qué no volverían a hacerlo?"
Me seco las lágrimas y miro hacia el lado más luminoso de la
memoria y allí están mirándome por sobre mi tristeza, por sobre mi desazón y
desde un silencio ensordecedor me preguntan "qué van a hacer qué van a
hacer aquí estamos nosotros presentes ahora y siempre necesitamos que hagan
algo ya saben cómo ya saben qué sólo háganlo"
Y miro al cielo y los helicópteros amenazan y llamo a una
amiga y le dijo qué hacemos y decimos vamos.
Y vamos.
Aunque se animen y apliquen protocolos ahí estaremos. Por
esas voces. Esos alaridos. Por las balas que nos mataron antes y nos volverán a
matar si los dejamos.
Vamos.
No nos han vencido.
No nos vencerán.
viernes, 12 de febrero de 2016
Hermano
El 12 de febrero es el cumpleaños de mi hermano. Sí, tengo un hermano.
Las dos últimas veces que lo vi fue en los velatorios de mi madre y de mi hermana.
No sé si volveremos a vernos alguna vez.
Muchas veces me pregunto cómo es que la vida me dio una hermana tan hermana y un hermano tan ajeno.
¿Qué fue lo que pasó? ¿Cuál fue la causa de la debilidad de ese eslabón en la cadena fraterna?
Aún con la distancia en tiempo, espacio y sentimiento la sangre reclama. La fecha se impone con la fuerza de ese vínculo que es para siempre. Y ya sabemos que el para siempre es mucho tiempo.
Sólo le deseo buenas cosas, a pesar de los pesares.
Desde ese hilo invisible que nos une aunque no parezca, lo pienso. Lo siento.
Sí.
Lo siento.
"Lo siento tanto" ...
"Lo siento mucho", como suele decirse frente a lo irremediable.
Las dos últimas veces que lo vi fue en los velatorios de mi madre y de mi hermana.
No sé si volveremos a vernos alguna vez.
Muchas veces me pregunto cómo es que la vida me dio una hermana tan hermana y un hermano tan ajeno.
¿Qué fue lo que pasó? ¿Cuál fue la causa de la debilidad de ese eslabón en la cadena fraterna?
Aún con la distancia en tiempo, espacio y sentimiento la sangre reclama. La fecha se impone con la fuerza de ese vínculo que es para siempre. Y ya sabemos que el para siempre es mucho tiempo.
Sólo le deseo buenas cosas, a pesar de los pesares.
Desde ese hilo invisible que nos une aunque no parezca, lo pienso. Lo siento.
Sí.
Lo siento.
"Lo siento tanto" ...
"Lo siento mucho", como suele decirse frente a lo irremediable.
viernes, 30 de octubre de 2015
"DELIA. Crónica de un abrazo"
DELIA. Crónica de un abrazo
Un libro de Stella Matute editado por Grupo Editorial Sur/Lamás Médula
El 19 de octubre, a las 19 hs., se presentó en Argentores mi libro/abrazo, "DELIA. Crónica de un abrazo".
Fue una noche visceral. Llena de amores esenciales. Podríamos llamarla "La noche de los Abrazos largos" o "La celebración del abrazo".
Fue una noche perfecta. Con las cuotas de amor, de emoción, de nostalgia, de alegría, y de recuerdos en exacta dimensión
El acto formal estuvo organizado por Fernando Musante y contó con la participación de Ture Salvatore (editor responsable), Olga Cosentino (responsable del Prólogo), la actriz Mónica Santibañez, el actor y cantante Francisco Pesqueira y el músico Lautaro Matute.
Miguel Polizzi, María Guadalupe Matute, Mónica Kerzsberg y Marcelo Bucossi aportaron sus voces y sus emociones para leer textos de Delia incluidos en el libro.
Palabras de Olga Cosentino para la presentación de
“Delia – Crónica de un abrazo”, el 19/10/15
Hace apenas dos días, con la sobriedad que impone la veda electoral, una mayoría de argentinos evocamos esa jornada epifánica que fue el 17 de octubre del 45. Quiero recordar acá un párrafo del discurso que el entonces Coronel Perón pronunció frente a la multitud que exigía su presencia al grito de “queremos a Perón”, al cabo de varios días agónicos con el líder preso en Martín García. De aquella arenga improvisada –digo- quiero evocar el pasaje en que aconsejaba al pueblo: “Únanse y sean más hermanos que nunca. Sobre la hermandad de los que trabajan ha de levantarse nuestra hermosa Patria”.
Dicho esto, permítanme que evoque a los hermanos acaso más míticos y remotos, a Caín y Abel. Y como cito en el prólogo del libro que aquí se presenta, la referencia es un párrafo de Jorge Luis Borges en El Elogio de la Sombra donde dice: “Abel y Caín se encontraron después de la muerte de Abel... Se sentaron en la tierra, hicieron un fuego y comieron. Guardaban silencio, a la manera de la gente cansada cuando declina el día. En el cielo asomaba alguna estrella que aún no había recibido su nombre. A la luz de las llamas Caín advirtió en la frente de Abel, la marca de la piedra. Dejó caer el pan que estaba por llevarse a la boca y pidió que le fuera perdonado su crimen. Abel contestó: “¿Tú me has matado o yo te he matado? Ya no recuerdo; aquí estamos juntos como antes.”
La fuerza del vínculo fraterno, su capacidad de fortalecer a sus integrantes cuando se unen ante la adversidad, su supervivencia, a veces más allá de la misma muerte, ha sido desde siempre motivo de análisis y reflexión para las ciencias humanas y ha dejado su huella en la leyenda, en la historia, en la política, en las artes.
El libro que hoy presenta Stella Matute no sólo suma una nueva marca al campo complejo e inabarcable de ese lazo (tanto el sanguíneo como el afectivo) sino que, por alguna razón, no elegida pero no por eso menos simbólica, aparece ante todos nosotros en continuidad casi inmediata con un 17 de octubre en el que se ha celebrado precisamente aquel acontecimiento cuando, por primera vez, Perón saludó desde el balcón de la Casa de Gobierno abriendo sus brazos en un gesto que devendría emblemático, como queriendo abrazar, cobijar, a una multitud plebeya y leal.
Y no casualmente, al menos para mí, este libro llamado “Delia” lleva como subtítulo “Crónica de un abrazo”. Y no acaban ahí las correspondencias, porque lo que nuestra querida Stella nos entrega con su Delia – Crónica de un abrazo es, sí, el homenaje de su amor a la hermana que el destino le arrebató tempranamente, pero no es sólo un llanto o elegía fúnebre, ese género poético que desde el Renacimiento tuvo exponentes de la estatura de Sor Juana, de Jorge Manrique en las Coplas a la muerte de su padre, de García Lorca en su Llanto por Ignacio Sánchez Mejía, o de nuestro Juan Gelman a la muerte de Emilio Jáuregui, el primer periodista desaparecido-asesinado durante el onganiato. No, el libro de Stella Matute es, en términos literarios, un acto poético de libertad y de resistencia ante toda adversidad, incluida la muerte.
Stella no nos entrega sólo una elegía fúnebre sino que la entreteje con una épica, la de su vida junto a su hermana Delia, y con un drama: el de sus propias vidas y el del país, incluyendo episodios felices y etapas tenebrosas, golpes militares, dictaduras, crímenes de lesa humanidad, exilios, regreso a la democracia y, desde hace doce años, un nuevo amanecer para los derechos a una identidad nacional fundada en la verdad, la memoria, la justicia y la igualdad. Estamos ante una obra que articula elegía poética, épica y drama; un libro que ustedes van a leer con la fascinación que lo biográfico sólo puede despertar cuando, como en este caso, exhibe el encanto de una prosa exquisita, en la que al lector le es permitido asomarse a la riqueza interior de dos mujeres excepcionales. Tan excepcionales que, aunque una de ellas esté muerta, las dos están vigorosamente presentes en las páginas de Delia – Crónica de un abrazo. Tan excepcionales que las dos, como aquí puede leerse, coinciden no sólo en el sufrimiento que provoca la pérdida de lo amado sino en entender que la muerte, a pesar del misterio que encierra, no es tan poderosa como se pretende. Y no lo es porque depende necesariamente de la vida. Sólo lo vivo puede morir confirmando, de ese modo, su existencia. Delia y Stella son, en este libro, dos mujeres luminosas y valientes que le han perdido el respeto a la Muerte y no aceptan rendirse ante el dolor que provoca. Delia y Stella son dos mujeres que resisten. Como recuerda Stella que escribió Delia en el poema que le dedicó, en julio de 1988: “Que se jodan la Muerte, el Silencio y la Nada” Que se jodan, digo yo, tomándole prestada la frase a ambas, porque aquí está, a pesar de todo, “Delia – Crónica de un abrazo”.
Diapositivas en video de la noche de la Presentación:
Para toda la información de "DELIA. Crónica de un abrazo" en: www.deliacronicadeunabrazo.blogspot.com.ar
ALGUNAS OPINIONES:
DICE HÉCTOR PUYO: "Leí tu libro, queridísima compañera. Qué dulzura, que elevación de sentimientos. Yo no tuve hermanos pero me pusiste delante de un vínculo delicioso. Tu corazón es enoooooorme. Beso grandote. H.
DICE IVONNE FOURNERY: "Mi muy querida Stella: Siete días me ha llevado leer tu indescriptible libro. ¡Es tan intenso y extenso! No podría, so sabría hacerte una devolución porque todavía sigue dando vueltas dentro de mí. Y seguirá hacéndolo. Estas pocas líneas sólo pretenden decirte que nunca, nunca, NUNCA tuve una experiencia como ésta. La mezcla de la belleza con el dolor era tal qeu por momentos me era imposible saber cuál era la figura y cuál el fondo. Comparto cada una de tus furias, y me ayudan a drenar las mías. No hay consuelo posible. Ni lo habrá. Sólo el privilegio de haberla tenido. Que tampoco alcanza porque ya no está. Lo único que me permite es asombrarme frente a esas sonrisas que no sé de dónde sacás las fuerzas para ponerte en la boca y no desairar a quienes intentan aplacar tu estado permanente de carne viva. Es un acto de amor a la altura de Delia. Y que sigas viviendo. Y trabajando. Y sintiendo. En cuanto a mí, no tengo modo de agradecértela, porque desde ahora ella no sólo está dentro de mí sino de todos los que hayamos transitado ese abrazo. Plenamente conciente de que tampoco eso sirve para nada. Mil gracias. Te quiero con toda el alma."
DICE LEONARDO ROMANI: "Stella Matute hoy "Crónica
de un abrazo" me acompañó durante todo mi día. Primero lo leí de principio
a fin, luego abriéndolo en cualquier página, al azar. Es un libro precioso,
tanto Delia como vos escriben desde la trinchera, palabras como
fusiles..."
DICE JUAN JOSÉ CARRERÓ: "Querida Stella, acabo de terminar de leer el libro y te aviso que no sólo me pareció colosal sino que pasará a ser uno de mis libros de culto, de esos que se releen siempre que se los necesita. Fue un placer hacerlo y seguramente lo será cada vez que lo haga. Un beso"
DICE MARÍA TERESA DIFALCO: "Querida Stella Matute, hace ya unos cuantos días que ando buscando palabras, esas palabras que puedan reflejar fielmente lo que sentí al leer tu libro "Delia, Crónica de un abrazo", y se me esta haciendo difícil, que cosa no? yo que siempre ando con las palabras de aquí para allá pintando los paisajes de mi corazón,ahora no encuentro la exacta, la justa, la que te diga lo que sentí al leerte, seguro sabes que la emoción estaba de antes, que me vine con ese libro pegadito a mi cuerpo, ansiosa por leerlo, porque sabia que en el te iba a encontrar y que encontraría a Delia, y que la iba a querer tanto como te quiero a vos, y así fue, ahí están las dos, en ese ir y venir hermanadas, en ese intercambio de vida, por momentos me sentí espectadora de ese amor y en otros, participe de momentos que a su vez me llevaban también a mis vivencias, la emoción estuvo siempre, en cada pagina, en cada foto, pude reírme con las risas de ustedes, sentir la ternura de ustedes, estuve allí, en cada poema, en ese relato tuyo tan perfecto pero tan devastador a veces y tan sencillamente bello siempre, aun en el dolor, aun en la ausencia. Gracias por esa crónica Stella, gracias por "ese traje de Delia que cosiste con la desnudez de tu dolor" pero que de alguna manera, permite celebrar ese abrazo para siempre. con amor y admiración hacia vos inmensa Matute, yo sigo buscando la palabra."
DICE MAR STIEBEN: "Stella, tu libro me ha hecho reir,
llorar, emocionar, angustiar, volar... gracias! Mil gracias por esa palabra que
abraza desde el corazón!"
DICE MÓNICA SANTIBAÑEZ: "Acabo de leer tu libro, querida Stèl. Anduve por el recorrido hondo, amargo, interminable del dolor. Pero a la vez, en el mismo instante y con la misma intensidad, sintiendo el profundo, infinito, dulce y radical amor de las dos, y de cada una. Gracias y abrazo inmenso."
DICE EMILIA GOITY: "Matu, bellísimo el libro. Bah... Si es que la belleza puede abarcar tanto
dolor. Todos los sentimientos se hacen palpables a través de las palabras. Impresionante. Me lo devoré en dos minutos."
DICE ALEJANDRO MATEO: "Quería un tiempo que fuera
"ese" y no uno entre un montón de otros tiempos, y lo encontré.
Entonces me entregue al abrazo. A esa crónica de eterno amor que es
"Delia". Gracias bonita, por compartir cada palabra tuya y cada
palabra de Delia... bellas voces con el corazón en la mano. En
"Delia" está, nace, inaugura un decir sobre la perdida y lo que no es
igual a entonces, ni podrá serlo. "Delia" entonces es un canto de
iniciación, un pasaje a mirar el gran amor ...mas allá ...sobre todas las
cosas. Te quiero mucho. Te agradezco otra vez ´Delia´. "
lunes, 19 de octubre de 2015
Un árbol, un hijo, un libro
Al poco tiempo de irme a vivir sola puse en un vaso con agua una semilla de una palta que me había alimentado una solitaria noche de mi primera casa, un monoambiente que apenas podía pagar con mi magro sueldo de secretaria...
A los pocos días la semilla largó su raíz y luego fue un amoroso viaje biológico ver crecer ese brote verde e ir convirtiéndose en un arbolito perfecto en sus proporciones y verdes. Muchas veces tuve la sensación de que si me quedaba mirándolo fijamente durante algunas horas podía ver su crecimiento.
Del vasito pasó a un frasco, del frasco a un florero, de allí a una maceta y ya no se pudo más porque el monoambiente era muy monoambiente.
El amigo de un amigo tenía un enorme patio en las afueras de Capital y allí fuimos a trasplantar a mi compañero verde. Fue toda una emoción esa ceremonia que coronamos con gran asadito y brindis. Volví a regarlo varias veces durante algunos años y lo ví convertirse en gran árbol que daba frutos.
Algunos años más tarde la vida me premió con el premio más premio de todos los premios. La dimensión exacta y perfecta del amor vino a mi vida llamándose Lautaro, y me convertí en madre. ¿Hay palabras para definir ese júbilo? Debe haberlas pero esa es tarea de escritores. Solo puedo decir que ya nada fue igual, que todo tuvo, tiene y tendrá color, olor y sabor a maternidad. Mis logros son los suyos, sus logros son mi orgullo. Lo vi nacer, lo vi crecer, lo vi volar... Lo veo hoy, hombre, plantado en sus convicciones, brillante en sus talentos. Y es la vida para siempre.
Para compensar tanta vida mi libro nace de las entrañas del dolor, de la oscuridad del zarpazo de la muerte. Pero nace, y es vida también. Vida trasmutadora de dolor. Coraje para enfrentar lo inmortal.
Lo inmortal. Un árbol, un hijo, un libro. Ese árbol, ese hijo, ese libro dirán que estuve aquí.
Por eso este hueco que me atraviesa la panza. Por eso esta sensación de inmensidad que me atorbellina. Por eso este abrazo que me acuna. Los espero allí hoy.
Toda la información sobre el libro: www.deliacronicadeunabrazo.blogspot.com.ar
miércoles, 30 de septiembre de 2015
FINAL DE FIESTA o EGOÍSMO PURO
“Quedate con tu pelota, nene. Que yo me voy a jugar a otro potrero”, escribí hace algunas horas, palabra más palabra menos, y me quedé pensando.
Hay muchas formas y nombres para las “pelotas” del egoísmo. Ya puede ser una sillita con algo de poder, una peluca, un texto, un espacio.
Pero el egoísmo es siempre el mismo. Y siempre el mismo es el dolor que produce.
Pero también siempre, siempre, el más perjudicado es el egoísta. Porque tu pelota, nene, tenga el nombre o la forma que sea, no te sirve más que para mirarla y mirarte el ombligo cuando te la llevás a tu casa. Los demás, los que sabemos que la vida es mejor compartida (sobre todo si ese compartir conlleva beneficios para el otro) seguimos jugando y disfrutando después del dolor que causaste. Sabelo.
La sillita puede romperse (seguro te ha pasado), la peluca te puede servir después de una quimio (ojo), para que el texto tenga sentido necesitás actores y actrices que lo interpreten (y no todo es lo mismo), y al espacio cuídalo porque se ensucia. Sabelo.
Yo seguiré jugando. Y disfrutando. Aunque tu egoísmo me arruine un poco un final de fiesta, seguiré jugando y disfrutando. Porque entre otras cosas he aprendido que cuando la vida me da la espalda, puedo tocarle el culo.
Hay muchas formas y nombres para las “pelotas” del egoísmo. Ya puede ser una sillita con algo de poder, una peluca, un texto, un espacio.
Pero el egoísmo es siempre el mismo. Y siempre el mismo es el dolor que produce.
Pero también siempre, siempre, el más perjudicado es el egoísta. Porque tu pelota, nene, tenga el nombre o la forma que sea, no te sirve más que para mirarla y mirarte el ombligo cuando te la llevás a tu casa. Los demás, los que sabemos que la vida es mejor compartida (sobre todo si ese compartir conlleva beneficios para el otro) seguimos jugando y disfrutando después del dolor que causaste. Sabelo.
La sillita puede romperse (seguro te ha pasado), la peluca te puede servir después de una quimio (ojo), para que el texto tenga sentido necesitás actores y actrices que lo interpreten (y no todo es lo mismo), y al espacio cuídalo porque se ensucia. Sabelo.
Yo seguiré jugando. Y disfrutando. Aunque tu egoísmo me arruine un poco un final de fiesta, seguiré jugando y disfrutando. Porque entre otras cosas he aprendido que cuando la vida me da la espalda, puedo tocarle el culo.
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la vida te da la espalda,
Stella Matute
lunes, 31 de agosto de 2015
117 es hoy la alegría
Tendríamos que generar alguna ceremonia colectiva para estas alegrías del regreso de nuestros nietos. Nuestros. Sí. De cada uno de nosotros, que nos alegramos tanto, es esa nieta que hoy regresa a su verdad. Y los 116 anteriores.
Cada uno de ellos lleva nuestra historia, nuestra tragedia y nuestra alegría.
Tendríamos que celebrarlo juntos abrazándonos. Tendríamos que inaugurar una fiesta nacional y popular cuando regresan. Y vernos las caras, y llorar juntos, y reir juntos y abrazarnos y gritarle a los genocidas hijos de... que no pudieron. Que no podrán. Que nuestras Madres y Abuelas los han vencido. Que regresa la vida por sobre la muerte que nos impusieron.
Tenemos que juntarnos. Y celebrar.
Cada uno de ellos lleva nuestra historia, nuestra tragedia y nuestra alegría.
Tendríamos que celebrarlo juntos abrazándonos. Tendríamos que inaugurar una fiesta nacional y popular cuando regresan. Y vernos las caras, y llorar juntos, y reir juntos y abrazarnos y gritarle a los genocidas hijos de... que no pudieron. Que no podrán. Que nuestras Madres y Abuelas los han vencido. Que regresa la vida por sobre la muerte que nos impusieron.
Tenemos que juntarnos. Y celebrar.
domingo, 30 de agosto de 2015
50 eleonoras funciones
Hoy cumplimos 50 funciones.
Con penas y glorias...
50 veces Eleonora. 50 veces su corazón latiendo en el mío o el mío latiendo en el suyo, que no es lo mismo pero es igual.
50 veces Ella y yo despidiéndonos de Sarah desde el desgarro de un destrato que se parece a un fracaso. 50 eleonoras pieles me han vestido. 50 eleonoras risas me han iluminado. 50 toneles de eleonoras lágrimas me han bañado.
50. Cincuenta. Sin cuenta.
Eleonora ya está en mi adn teatral para siempre.
Le he prestado mis emociones para vivir las de ella desde los inmemoriales tiempos del Teatro. Su cuna y su féretro. Mi espacio de libertad.
Con penas y glorias...
50 veces Eleonora. 50 veces su corazón latiendo en el mío o el mío latiendo en el suyo, que no es lo mismo pero es igual.
50 veces Ella y yo despidiéndonos de Sarah desde el desgarro de un destrato que se parece a un fracaso. 50 eleonoras pieles me han vestido. 50 eleonoras risas me han iluminado. 50 toneles de eleonoras lágrimas me han bañado.
50. Cincuenta. Sin cuenta.
Eleonora ya está en mi adn teatral para siempre.
Le he prestado mis emociones para vivir las de ella desde los inmemoriales tiempos del Teatro. Su cuna y su féretro. Mi espacio de libertad.
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Eleonora Duse,
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Stella Matute
jueves, 27 de agosto de 2015
Delia. Crónica de un abrazo.
27 de agosto. Amanezco... Y no es poco.
¿Es una casualidad? Vaya uno a saber.
Pero lo primero que me encuentro en este 27 de agosto es el anuncio oficial de la Edición de mi libro. De mi Homenaje. De mi eterno Homenaje. De mi Homenaje eterno.
"Scripta manent..." Lo escrito permanece.
Y lo que permanece es inmortal.
En agosto de 2014 decidí voluntariamente, y con esfuerzo, dejar de escribir sobre el dolor que me constituía desde la muerte de mi hermana. Y fue en ese mismo momento en que empezó a gestarse este libro que ya está en imprenta.
En este año me cosí un traje de Delia. Lo hilvané con palabras, lo sorfilé con lágrimas, lo pespunteé con nostalgia y me lo estreno con sonrisas.
Ojalá cada uno de ustedes me acompañe en esta apasionante aventura de soltar un libro a la vida. A la vida, sí. "Que se jodan la muerte, el silencio y la nada".
Gracias hermana por haber sido, por ser y por seguir siendo.
Hasta la Victoria, siempre.
Gracias eternas y especiales a Olga Cosentino y a Ture Salvatore.
Hermoso trabajo de diseño de Fernando Belvedere, el Director de Arte de la Editorial... Agradecimiento también para él.
TEXTO DE LA EDITORIAL:
DELIA, CRÓNICA DE UN ABRAZO un libro de STELLA MATUTE.
Dos hermanas en una historia conmovedora. El dolor y la ausencia, el amor, el compromiso social y la alegría, la aventura y la poesía, en un libro imprescindible.
Muy pronto.
DELIA, CRÓNICA DE UN ABRAZO. Publica: Ediciones Lamás Médula / Grupo Editorial Sur
Dijo Olga Cosentino (fragmento del Prólogo):
"Este libro registra e invita a asomarse a una de esas luminosas veces en que lo fraterno se realiza en la íntima, delicada y ardiente singularidad de la primera y la segunda persona. En estas páginas se manifiesta, en toda su vitalidad, la tierna y fuerte relación que unió a Delia y Stella desde que la primera, a sus casi diez años, recibió a su recién nacida hermanita. Aquí se atisban las mutuas identificaciones, las ocasionales disidencias, la protección, los juegos, los miedos, el consuelo ante las frustraciones y la admiración que recíprocamente se dedicaron y compartieron. Aquí se ven florecer la vocación artística y el compromiso ideológico de cada una. Desde aquí se asiste a la toma de posición de las hermanas frente a la barbarie de la dictadura militar, a la “inconsciente sensación de exilio” que confiesa Stella haber experimentado cuando dejó junto a su madre la Mendoza natal para venir a Buenos Aires, en busca del refugio afectivo que ofrecía la hermana mayor en aquellos tiempos de plomo. Y sobre todo, este libro da cuenta del más desgarrador exilio que le tocó vivir a Stella cuando la muerte de Delia la arrojó en un desamparo fraterno donde, sin embargo y a pesar de tanto, empezó a construir el dique fecundo de su poesía".
¿Es una casualidad? Vaya uno a saber.
Pero lo primero que me encuentro en este 27 de agosto es el anuncio oficial de la Edición de mi libro. De mi Homenaje. De mi eterno Homenaje. De mi Homenaje eterno.
"Scripta manent..." Lo escrito permanece.
Y lo que permanece es inmortal.
En agosto de 2014 decidí voluntariamente, y con esfuerzo, dejar de escribir sobre el dolor que me constituía desde la muerte de mi hermana. Y fue en ese mismo momento en que empezó a gestarse este libro que ya está en imprenta.
En este año me cosí un traje de Delia. Lo hilvané con palabras, lo sorfilé con lágrimas, lo pespunteé con nostalgia y me lo estreno con sonrisas.
Ojalá cada uno de ustedes me acompañe en esta apasionante aventura de soltar un libro a la vida. A la vida, sí. "Que se jodan la muerte, el silencio y la nada".
Gracias hermana por haber sido, por ser y por seguir siendo.
Hasta la Victoria, siempre.
Gracias eternas y especiales a Olga Cosentino y a Ture Salvatore.
Hermoso trabajo de diseño de Fernando Belvedere, el Director de Arte de la Editorial... Agradecimiento también para él.
TEXTO DE LA EDITORIAL:
DELIA, CRÓNICA DE UN ABRAZO un libro de STELLA MATUTE.
Dos hermanas en una historia conmovedora. El dolor y la ausencia, el amor, el compromiso social y la alegría, la aventura y la poesía, en un libro imprescindible.
Muy pronto.
DELIA, CRÓNICA DE UN ABRAZO. Publica: Ediciones Lamás Médula / Grupo Editorial Sur
Dijo Olga Cosentino (fragmento del Prólogo):
"Este libro registra e invita a asomarse a una de esas luminosas veces en que lo fraterno se realiza en la íntima, delicada y ardiente singularidad de la primera y la segunda persona. En estas páginas se manifiesta, en toda su vitalidad, la tierna y fuerte relación que unió a Delia y Stella desde que la primera, a sus casi diez años, recibió a su recién nacida hermanita. Aquí se atisban las mutuas identificaciones, las ocasionales disidencias, la protección, los juegos, los miedos, el consuelo ante las frustraciones y la admiración que recíprocamente se dedicaron y compartieron. Aquí se ven florecer la vocación artística y el compromiso ideológico de cada una. Desde aquí se asiste a la toma de posición de las hermanas frente a la barbarie de la dictadura militar, a la “inconsciente sensación de exilio” que confiesa Stella haber experimentado cuando dejó junto a su madre la Mendoza natal para venir a Buenos Aires, en busca del refugio afectivo que ofrecía la hermana mayor en aquellos tiempos de plomo. Y sobre todo, este libro da cuenta del más desgarrador exilio que le tocó vivir a Stella cuando la muerte de Delia la arrojó en un desamparo fraterno donde, sin embargo y a pesar de tanto, empezó a construir el dique fecundo de su poesía".
Agosto es agosto desde antes
Ando revisando, revolviendo y husmeando en el pasado en busca de materiales para mi crónica de un abrazo y me he encontrado con variados materiales.
Entre ellos este texto escrito el día que cumplí 20 años.
Casi me caigo de culo. Sobre todo porque el 26 de agosto es el aniversario de la muerte de Tobías.
Sí... tenía razón aquel día. Iba a morir un 26 de agosto. Una parte mía se fue con ese bebé pequeño, inmenso y luchador.
Entre ellos este texto escrito el día que cumplí 20 años.
Casi me caigo de culo. Sobre todo porque el 26 de agosto es el aniversario de la muerte de Tobías.
Sí... tenía razón aquel día. Iba a morir un 26 de agosto. Una parte mía se fue con ese bebé pequeño, inmenso y luchador.
martes, 4 de agosto de 2015
AGOSTO
Tengo mil agostos clavados en el ánima. Mil agostos que de tan sustantivos no hay adjetivo que resista. Mil agostos milenarios de tan miles.
Vino primero un veinticuatro que aguijoneó con la pronta finitud de mi padre en un diagnóstico terminal que heló la mendocina helada.
Luego hubo un nueve que me subió a un tren con destino a rascacielos aplastando la nariz en la ventanilla desde donde fueron perdiéndose los amigos con las manos en alto.
Un zarpazo de garra sobre el vientre rompió una bolsa vital un dieciocho naciendo al mundo al más pequeñito de todos los titanes que no pudo con tanto aliento y se fue despacito un veintiséis dejando rota la ternura y rebalsada leche amarga en inútiles pezones. Un llanto todo sobrevino aquel agosto de lunas rotas.
Pero más tarde y tan temprano llegó ese cinco alevoso y traicionero de flujos errados sin destino. Un cinco que dejó sin lágrimas al tiempo fuera del tiempo hasta el trece más trece de los trece. Entre ese cinco y ese trece la vida se volvió un para siempre sin hermana.
Tristes efemérides de agosto.
Un enero primal y adelantado me asaltó con premonición endemoniada. “Moriré en agosto” redacté en el diario adolescente. Y fue cierto. Todas mis muertes han sido en el octavo mes.
Será, tal vez, que representa al infinito.
Vino primero un veinticuatro que aguijoneó con la pronta finitud de mi padre en un diagnóstico terminal que heló la mendocina helada.
Luego hubo un nueve que me subió a un tren con destino a rascacielos aplastando la nariz en la ventanilla desde donde fueron perdiéndose los amigos con las manos en alto.
Un zarpazo de garra sobre el vientre rompió una bolsa vital un dieciocho naciendo al mundo al más pequeñito de todos los titanes que no pudo con tanto aliento y se fue despacito un veintiséis dejando rota la ternura y rebalsada leche amarga en inútiles pezones. Un llanto todo sobrevino aquel agosto de lunas rotas.
Pero más tarde y tan temprano llegó ese cinco alevoso y traicionero de flujos errados sin destino. Un cinco que dejó sin lágrimas al tiempo fuera del tiempo hasta el trece más trece de los trece. Entre ese cinco y ese trece la vida se volvió un para siempre sin hermana.
Tristes efemérides de agosto.
Un enero primal y adelantado me asaltó con premonición endemoniada. “Moriré en agosto” redacté en el diario adolescente. Y fue cierto. Todas mis muertes han sido en el octavo mes.
Será, tal vez, que representa al infinito.
5-8-2015
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María Delia Matute,
Stella Matute
lunes, 27 de julio de 2015
Y 30 años después...
Dicen que "20 años no es nada" y una sabe que no
es cierto... Y 30 años, menos. Es mucho. Es una vida entera.
Pero toda esa vida puede quedar suspendida en un trapecio de
alegría en el instante eterno del encuentro.
La década del ´80 estuvo signada por el final de la
dictadura y la recuperación de la Democracia. Y en ese tránsito yo me subí a la
ilusión del Teatro. A su intensidad, a su desmesura. En 1981 empecé a recorrer
esos caminos en la Escuela de Teatro La Barraca.
Desde ese lugar salí a protestar por la injusticia de
Malvinas. Desde ese lugar salí a rondar con las Madres. Desde ese lugar salí a
festejar el final del infierno y el comienzo del alivio social. Con esa gente
fui a la Plaza en aquel fin de semana santo en el que nos dijeron que la casa
estaba en orden.
Toda esa gente, esta gente, me acompañó en la constitución
misma de mi adultez. Fueron faros para mis falta de brújula. Fueron ejemplos. A
seguir a veces a descartar otras...
De ese grupo me quedaron algunos seres que me acompañan en
lo más íntimo de mis convicciones. Hermanos del alma.
Con otros no volvimos a vernos, pero estuvieron siempre en
ese lugar del recuerdo imprescindible.
Mockinpott no fue un proyecto más. Fue, en realidad, el
final de un proyecto y el comienzo de otro. El final de cuatro años de
compartir aprendizaje y el comienzo de un camino para aplicar lo aprendido y
seguir aprendiendo.
Estrenamos Mockinpott con una democracia incipiente, recién
inaugurada. Todo era entusiasmo, futuro, ilusiones. No sabíamos lo que
estábamos haciendo. Lo hacíamos. Teatro independiente en el más literal de los
sentidos. Hicimos escenas en la calle para pasar la gorra, hicimos fiestas
temáticas, hicimos rifas. Así produjimos el espectáculo. Las familias ayudaron
mucho. Recorrimos las calles vestidos de personajes para crear la incógnita.
"MOCKINPOTT EXISTE" rezaba el cartelito que entregábamos, que
pegábamos en las paredes, que dejábamos en los baños de los bares, en los
colectivos.
Y se produjo la incógnita.
Y estrenamos "con el sol en el medio cielo" en un
Teatro Payró que nos recibió generosamente.
Y ganamos el Premio Coca Cola y festejamos y festejamos y
festejamos. Brindamos, reímos, lloramos, peleamos, nos pusimos de acuerdo, nos
dividimos, seguimos. Y, finalmente, nos separamos. Enorme semillero de gente
que hoy seguimos estrenando. Y festejando. Y riendo y todo lo demás. La vida.
Ayer nos juntamos después de 30 años. Estuvimos casi todos.
Y el abrazo fue el mismo, como igualita fue la risa y la nostalgia. Un
encuentro suave... una caricia al alma. Un paréntesis para recordar; un
incentivo para seguir.
Siempre agradezco a la vida por La Barraca y por Mockinpott.
Y ayer pude decírselos.
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Stella Matute
viernes, 17 de julio de 2015
VICTOR HUGO MORALES SOMOS TODOS
Las teatristas y los teatristas de esta ciudad sólo debemos tener palabras de agradecimiento para nuestro amado Víctor Hugo. Le debemos mucho.
La sociedad entera le debe mucho, pero los teatristas que la remamos a diario para mostrar nuestros trabajos desde cooperativas independientes, en teatros independientes, jamás antes hemos tenido una voz como la de Víctor Hugo para visibilizar nuestros caminos.
Va el más apretado abrazo con el que cuento.
No aflojes, Víctor Hugo.
Hay un montón de gente alineada a tu causa.
Como bien dijo Paenza: VÍCTOR HUGO SOMOS TODOS.
Stella Matute
DNI 13.880.036
Asociada a la Asociación Argentina de Actores 11.576
miércoles, 15 de julio de 2015
Roberto Sobrado y mi mar...
"Yo estuve cuando la´stellita conoció el mar",
solía decir. Y era rigurosamente cierto. Comenzaba el año 1970 y yo era una
niña a la que su hermana se le había venido a vivir a Buenos Aires. Venir a
visitarla era siempre una fiesta. Sobre todo en ese tiempo, en el que ella
vivía con Roberto y Chichí, su mujer de entonces, madre de sus hijas. Ni bien
llegué me anunciaron que nos íbamos a conocer el mar, y allá fuimos. Delia,
Roberto, Chichí y Mariana (la primer hijita, bebé con la que yo jugaba a ser
mamá). Todos estaban ahí cuando esta mujer que les cuenta, entonces niña,
habitada por montañas vio por primera vez el mar.
Nunca olvidé ese momento. Pero el gran amigo Roberto Sobrado
tampoco. Y me lo recordaba cada vez que nos veíamos.
Fue una especie de hermano mayor para Delia. Él y Chichí la
albergaron en su casa en años duros.
Podían pasar dos horas hablando por teléfonos y no exagero.
Fue una especie de tío divertido para mí, devenido en colega
cuando yo me convertí en actriz.
Me dicen que Roberto partió esta mañana...
Y la vida se vuelve un poco más desolada.
Lo inadmisible de crecer es enfrentar estos dolores.
Roberto fue un ser increíble. Exquisito. Un militante del
buen gusto.
Gran actor, sensible, apasionado.
Mejor amigo.
Risueño, divertido, siempre dispuesto a la alegría.
Un artista.
Me dicen que Roberto partió esta mañana.
Va a ser raro extrañarlo. Porque nos veíamos muy poco pero
sabíamos que el otro estaba ahí. La muerte de Delia fue para él un desconcierto
inconmensurable. Yo le di la noticia y él no lo entendía. Literalmente no lo
entendía. Le costó largo rato asumir lo que yo le estaba diciendo. Cuando nos
fundimos en el abrazo aquel nefasto día lloró pidiéndome disculpas por llorar.
Porque sentía que él tenía el deber de consolarme. Él... que era tan hermano
como yo.
Ojalá yo pudiera creer... Ojalá pudiera pensar que van a
volver a encontrarse y volver a acompañarse como lo hicieron en esta vida.
Me dicen que Roberto partió esta mañana.
puchadigo con la vida...
Se me fue ahora otro de los testigos de mi primera mirada al
mar.
Qué solos y vacíos se quedan algunos rincones del Alma.
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domingo, 12 de julio de 2015
Y la vida fue Lautaro para siempre
Hoy, a las 11.34, la persona que me otorgó el privilegio de ser madre cumple 26 años. Los 26 años más orgullosos de mi
vida, los más sorprendentes, los más tiernos, los de embelesado aprendizaje extremo.
Muchas veces siento, se lo he dicho, que vine a esta vida sólo a ser su madre. Que esa fue y es mi misión y es lo que más felicidad me ha dado y me da, sin duda alguna. Su nacimiento me conectó con el epicentro de la ternura; con la eterna búsqueda de lo mejor para él; con la esencia del amor; con el aprendizaje de correrme del eje.
Su camino, su recorrido, sus elecciones, son un manso lago en el que puedo verme reflejada y también en el que puedo sumergirme sin miedos. Estos 26 años me hacen sentir 26 veces madre vanidosa y pipona de orgullo, me convierten en una mujer más joven que hace 26 años, una fan de su arte, una incondicional apoyadora de sus sueños, una discípula de su sabiduría. Estos 26 años son lo que más le agradezco a la vida. Son la fuente de energía que necesito para calmar mis tristezas. Si me dijeran que puedo volver a vivirlos lo único que pediría es poder mejorar todo aquello que se necesite para que él pueda ser más feliz.
Muchas veces siento, se lo he dicho, que vine a esta vida sólo a ser su madre. Que esa fue y es mi misión y es lo que más felicidad me ha dado y me da, sin duda alguna. Su nacimiento me conectó con el epicentro de la ternura; con la eterna búsqueda de lo mejor para él; con la esencia del amor; con el aprendizaje de correrme del eje.
Su camino, su recorrido, sus elecciones, son un manso lago en el que puedo verme reflejada y también en el que puedo sumergirme sin miedos. Estos 26 años me hacen sentir 26 veces madre vanidosa y pipona de orgullo, me convierten en una mujer más joven que hace 26 años, una fan de su arte, una incondicional apoyadora de sus sueños, una discípula de su sabiduría. Estos 26 años son lo que más le agradezco a la vida. Son la fuente de energía que necesito para calmar mis tristezas. Si me dijeran que puedo volver a vivirlos lo único que pediría es poder mejorar todo aquello que se necesite para que él pueda ser más feliz.
Hoy Lautaro cumple 26 años. Levanto la copa y brindo por él.
Por su bonomía, por su sonrisa franca, por sus ojitos melancólicos, por su
lealtad, por sus proyectos, por sus logros, por los amigos que lo quieren, por
sus dioses y también, por qué no, por sus demonios.
¡Feliz cumpleaños, Lautaro Matute! ¡Hijo! ¡Y gracias! Eternas
Gracias.
viernes, 3 de julio de 2015
cuando la vida se volvió Marina
Hoy la vida se viste de Marina.
40 años es dos veces nada cuando se trata del tiempo transcurrido entre un upa y un abrazo.
El tiempo... Ese embustero...
Ni idea se das de los olores, colores, imágenes, sensaciones, recuerdos y emociones que me despierta este cumple suyo. Allí estaba... En mi San Rafael, sola con mi padre esperando noticias. La fecha había llegado y la Yaya, que todavía no era Yaya, se había venido pa Buenos Aires a ayudar a la primogénita a traer al mundo a su primogénita. El llamado telefónico revolucionó mi alma, los lagrimales de tu abuelo Baltazar y al barrio entero.
"Nació una niña. Se llamará Marina", dijo mi vieja en un hilo de voz. Grité, salté y me abracé adolescentemente con cada uno que recibió la noticia de mi boca. A la semana ya estaba yo en Buenos Aires para conocerla. Para acunarla en un upa inmaduro y emocionado. Fue ayer. Parece frase hecha pero es lo que se siento.
Pienso en aquellos días y desaparece el tiempo, ese impostor.
Feliz cumple, sobrina, ahijada. Feliz década. Feliz tiempo sin tiempo el de brindar por tu vida.
Te adoro en el recuerdo de esos días.
Te adoro en este tramo intenso y sublevado.
Acá estamos...
(25-06-15)
Yo estaba acodada en la mesa de la cocina estudiando para "las pruebas de mitad de año". Se venían las vacaciones de julio y con ellas venir a casa de Delia a conocer a su primer hija que ya estaba por nacer.
El empleado de Petrosur golpeó el vidrio y lo vi hacer la seña alrededor de la oreja indicando que había una llamada telefónica. "Llamada de Buenos Aires, Stellita. Debe ser tu mama, ¿no?" , dijo González sonriendo, sabiendo. Corrí hacia la oficina de la estación de servicio y sí, del otro lado la voz de mi madre confirmaba la noticia. "Es una nena y se llamará Marina. La Delia esta bien y la nena también", dijo palabra mas palabra menos.
Corrí hacia afuera y me abracé con cuanto empleado me crucé por el camino. Todos decían mas o menos lo mismo... "Uh, cómo se va a poner tu viejo", palabra mas palabra menos.
Lo esperé con la nariz pegada en el vidrio y cuando lo vi llegar en la camionetita que lo llevaba a diario de aquí para allá, corrí hacia él. Antes de que pusiera un pie en el piso le grité la noticia. "Sos abuelo de Marina, abuelo", y me lancé a su cuello. Me alzó gritando no sé qué cosa y lloró. Lloramos juntos.
Fuimos a la telefónica a intentar una llamada a Buenos Aires pero fue inútil. Me invitó a cenar a Las Cuartetas y luego fuimos hasta el Club Español a darle la noticia a sus amigos.
A la semana, unos días antes de que empezaran las vacaciones de invierno nos subíamos al camión de mi tío José para venir a conocer a Marinita. A los tres días mi madre y mi padre se volvían en ese mismo camión y yo me quedé por dos semanas disfrutando de mi hermana y mi sobrina ahijada, de su calorcito, de su diminuta ternura, de ese vinculo único que tenía con su mamá cuando tomaba la teta.
Cuando volví al terruño mi padre ya estaba enfermo y en un poco mas de dos meses lo despedimos para siempre...
Hoy hacen cuarenta años de aquel día de plena comunión con mi padre. A esta hora mas o menos le estaba dando la noticia. Fue la única vez que estuvimos solos un tiempo y vivimos ese encuentro mágico de la noticia.
Hoy Marina cumple 40 años... Y yo estoy llena de recuerdos.
Te amo, sobrina.
El tiempo... Ese embustero...
Ni idea se das de los olores, colores, imágenes, sensaciones, recuerdos y emociones que me despierta este cumple suyo. Allí estaba... En mi San Rafael, sola con mi padre esperando noticias. La fecha había llegado y la Yaya, que todavía no era Yaya, se había venido pa Buenos Aires a ayudar a la primogénita a traer al mundo a su primogénita. El llamado telefónico revolucionó mi alma, los lagrimales de tu abuelo Baltazar y al barrio entero.
"Nació una niña. Se llamará Marina", dijo mi vieja en un hilo de voz. Grité, salté y me abracé adolescentemente con cada uno que recibió la noticia de mi boca. A la semana ya estaba yo en Buenos Aires para conocerla. Para acunarla en un upa inmaduro y emocionado. Fue ayer. Parece frase hecha pero es lo que se siento.
Pienso en aquellos días y desaparece el tiempo, ese impostor.
Feliz cumple, sobrina, ahijada. Feliz década. Feliz tiempo sin tiempo el de brindar por tu vida.
Te adoro en el recuerdo de esos días.
Te adoro en este tramo intenso y sublevado.
Acá estamos...
(25-06-15)
(Alrededor de las 20 hs. del 25 de junio del 2015, llena de morriñas escribí esto):
Era mas o menos esta hora. Atardecía oscuramente en el San Rafael de mis orígenes. Estaba sola en el caserón. No era común. Mi madre se había venido a Buenos Aires y yo me había quedado por primera vez sola con mi padre. Hacía frío como hoy, pero mas porque era frío mendocino.Yo estaba acodada en la mesa de la cocina estudiando para "las pruebas de mitad de año". Se venían las vacaciones de julio y con ellas venir a casa de Delia a conocer a su primer hija que ya estaba por nacer.
El empleado de Petrosur golpeó el vidrio y lo vi hacer la seña alrededor de la oreja indicando que había una llamada telefónica. "Llamada de Buenos Aires, Stellita. Debe ser tu mama, ¿no?" , dijo González sonriendo, sabiendo. Corrí hacia la oficina de la estación de servicio y sí, del otro lado la voz de mi madre confirmaba la noticia. "Es una nena y se llamará Marina. La Delia esta bien y la nena también", dijo palabra mas palabra menos.
Corrí hacia afuera y me abracé con cuanto empleado me crucé por el camino. Todos decían mas o menos lo mismo... "Uh, cómo se va a poner tu viejo", palabra mas palabra menos.
Lo esperé con la nariz pegada en el vidrio y cuando lo vi llegar en la camionetita que lo llevaba a diario de aquí para allá, corrí hacia él. Antes de que pusiera un pie en el piso le grité la noticia. "Sos abuelo de Marina, abuelo", y me lancé a su cuello. Me alzó gritando no sé qué cosa y lloró. Lloramos juntos.
Fuimos a la telefónica a intentar una llamada a Buenos Aires pero fue inútil. Me invitó a cenar a Las Cuartetas y luego fuimos hasta el Club Español a darle la noticia a sus amigos.
A la semana, unos días antes de que empezaran las vacaciones de invierno nos subíamos al camión de mi tío José para venir a conocer a Marinita. A los tres días mi madre y mi padre se volvían en ese mismo camión y yo me quedé por dos semanas disfrutando de mi hermana y mi sobrina ahijada, de su calorcito, de su diminuta ternura, de ese vinculo único que tenía con su mamá cuando tomaba la teta.
Cuando volví al terruño mi padre ya estaba enfermo y en un poco mas de dos meses lo despedimos para siempre...
Hoy hacen cuarenta años de aquel día de plena comunión con mi padre. A esta hora mas o menos le estaba dando la noticia. Fue la única vez que estuvimos solos un tiempo y vivimos ese encuentro mágico de la noticia.
Hoy Marina cumple 40 años... Y yo estoy llena de recuerdos.
Te amo, sobrina.
Edades deshabitadas
Salvo de bebés, etapa que no recordamos, los humanos nunca habitamos la edad que tenemos. Los niños quieren ser grandes, los adolescentes, jóvenes; los jóvenes, adultos; los adultos, adolescentes y los grandes, niños... Y un día llega la muerte y nos arrebata la vida sin que hayamos nunca habitado el presente.
(Stella Matute)
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Stella Matute
martes, 19 de mayo de 2015
Esa extraña manera de reir
-Deje de reírse y de hacerse la canchera, quiere. ¿Usted tiene idea
del agujero en el ego que provoca una cosa así?, -dijo el psicoanalista muy
serio y ella acusó el impacto. Se desató el pañuelo del cuello, se acurrucó en el
sillón, apoyó la cabeza en uno de los apoya brazos y se largó a llorar. Lloró,
lloró, lloró, lloró. Cada tanto se secaba las lágrimas y los mocos con el
pañuelo rojo que le hacía juego con los zapatos y los aros. Lloró, lloró,
lloró, lloró.
Lloró por todo lo que no había llorado en todo este tiempo que había compartido con el hombre del que se había enamorado. Era el compañero perfecto. Se conocieron en la escuela de teatro y la química fue inmediata. Se eligieron para los primeros ejercicios, se tocaron, se olieron, se reconocieron, se pelearon, se reconciliaron, fueron hermanos, novios, amantes, extraños, vecinos, enemigos. Estudiaron escenas, se amaron, se odiaron, quisieron matarse, fueron cómplices de asesinato. El teatro les permitía construir realidades que los unía cada vez más. Después de cada clase caminaban horas, se sentaban en una plaza, se abrazaban, se confiaban. Se miraban intenso, iban a cenar, paseaban, se hacían regalos. Reían. Mucho reían. Eso los unía más aún. Un día el beso en los labios se produjo naturalmente. Otro día se besaron. Fuerte, apasionadamente. Y rieron más, todavía. Pero a partir de ese momento empezaron las excusas de él. Cuando estaban juntos era igual que antes. Hasta que llegaba la hora de definir una intimidad que se hacía esperar. Ella entró en ansiedades adolescentes. Cada vez se decía: “Hoy tiene que ser. Hoy tiene que producirse”. Y se depilaba y estrenaba ropa interior y se perfumaba y se maquillaba y se subía a los tacos. Iba a los encuentros “como para ir de boda”, como dice el verso del Nano. Pero no. Cada vez era distinto pero cada vez era una nueva frustración. “Mañana me tengo que levantar muy temprano”, “estoy descompuesto”, “mi vieja está enferma”, “me duele la cabeza”… Las excusas eran variadas y a veces llegaban al disparate. Pero todo terminaba en risas porque eran muy compinches y solían reírse de cualquier cosa. Mucho reían. Todo era raro. No podían hablar del tema, tampoco dejar de verse ni de besarse ni de apasionarse el uno con el otro. Ni, mucho menos, de reir.
Lloró por todo lo que no había llorado en todo este tiempo que había compartido con el hombre del que se había enamorado. Era el compañero perfecto. Se conocieron en la escuela de teatro y la química fue inmediata. Se eligieron para los primeros ejercicios, se tocaron, se olieron, se reconocieron, se pelearon, se reconciliaron, fueron hermanos, novios, amantes, extraños, vecinos, enemigos. Estudiaron escenas, se amaron, se odiaron, quisieron matarse, fueron cómplices de asesinato. El teatro les permitía construir realidades que los unía cada vez más. Después de cada clase caminaban horas, se sentaban en una plaza, se abrazaban, se confiaban. Se miraban intenso, iban a cenar, paseaban, se hacían regalos. Reían. Mucho reían. Eso los unía más aún. Un día el beso en los labios se produjo naturalmente. Otro día se besaron. Fuerte, apasionadamente. Y rieron más, todavía. Pero a partir de ese momento empezaron las excusas de él. Cuando estaban juntos era igual que antes. Hasta que llegaba la hora de definir una intimidad que se hacía esperar. Ella entró en ansiedades adolescentes. Cada vez se decía: “Hoy tiene que ser. Hoy tiene que producirse”. Y se depilaba y estrenaba ropa interior y se perfumaba y se maquillaba y se subía a los tacos. Iba a los encuentros “como para ir de boda”, como dice el verso del Nano. Pero no. Cada vez era distinto pero cada vez era una nueva frustración. “Mañana me tengo que levantar muy temprano”, “estoy descompuesto”, “mi vieja está enferma”, “me duele la cabeza”… Las excusas eran variadas y a veces llegaban al disparate. Pero todo terminaba en risas porque eran muy compinches y solían reírse de cualquier cosa. Mucho reían. Todo era raro. No podían hablar del tema, tampoco dejar de verse ni de besarse ni de apasionarse el uno con el otro. Ni, mucho menos, de reir.
Ella empezó a construirse historias que le cerraban hasta el
momento de sentarse en el sillón de su analista. Ahí todo se desbarataba y lo
extraño se hacía visible. Ella misma no podía entender, cuando hablaba de estas
cosas en su análisis, cómo se resignaba a ese extraño padecimiento disfrazado
de” relación moderna”. Salía de sus sesiones desorientada y convencida de que en
el próximo encuentro o sucedía el amor o sucedía la charla. Pero nada. Todo se
repetía como un esquema preestablecido entre ellos. Ni sexo ni charla. Porque el amor sí sucedía.
Cuando la tensión por no charlar empezaba a ceder, terminaban a las risas enredadas con besos y abrazos. Y luego una nueva tensión en la despedida y un nuevo alivio de carcajadas. Un día, después de cenar en el departamento de ella, tirados en la cama mirando tele ella sintió que era ahora o nunca. Empezó a acariciarlo por debajo de la remera y a besarlo apasionada. Él respondía a la pasión. Jugaron, rodaron, se enredaron. Hasta que ella empezó a desabrocharle la bragueta. Él le frenó la mano, empezó a reírse y le dijo: “Hoy tampoco, podés creer. Tengo ladillas”. Ella se levantó como látigo en mano de diestro domador. Lo miró con furia. Intentó hablar pero solo pudo sonreír irónica y meterse en el baño. Cuando logró tomar coraje para salir, se encontró con el monoambiente vacío y sobre la cama una notita que decía: “Perdón. Te amo.” Se había ido. No podía creerlo. Y ella rió. Rió hasta quedarse dormida pero con la íntima seguridad de que no era risa lo que le estaba sucediendo.
Cuando la tensión por no charlar empezaba a ceder, terminaban a las risas enredadas con besos y abrazos. Y luego una nueva tensión en la despedida y un nuevo alivio de carcajadas. Un día, después de cenar en el departamento de ella, tirados en la cama mirando tele ella sintió que era ahora o nunca. Empezó a acariciarlo por debajo de la remera y a besarlo apasionada. Él respondía a la pasión. Jugaron, rodaron, se enredaron. Hasta que ella empezó a desabrocharle la bragueta. Él le frenó la mano, empezó a reírse y le dijo: “Hoy tampoco, podés creer. Tengo ladillas”. Ella se levantó como látigo en mano de diestro domador. Lo miró con furia. Intentó hablar pero solo pudo sonreír irónica y meterse en el baño. Cuando logró tomar coraje para salir, se encontró con el monoambiente vacío y sobre la cama una notita que decía: “Perdón. Te amo.” Se había ido. No podía creerlo. Y ella rió. Rió hasta quedarse dormida pero con la íntima seguridad de que no era risa lo que le estaba sucediendo.
Meses, varios, habían transcurrido desde aquel primer beso
apasionado que terminó con una guiñada desde el colectivo que lo llevaba a su
casa y una sonrisa entre cómplice y culpable. Meses. Casi un año.
Después del último episodio, fue su psicoanalista el que le dio el ultimátum. “Si para la
semana que viene no trae un panorama más claro, no venga”, dijo el lacaniano que
no aflojaba un tranco. “Es inútil trabajar así. Pierde el tiempo usted. Pierdo
el tiempo yo”.
Ese jueves lo invitó a almorzar a su departamento. Habían pasado 13 días desde aquella escena. Ella tenía
sesión a las 19.30 por lo que tenían tiempo de comer y luego había dos
opciones: o se mataban en la cama en una siesta enardecida o habría charla.
Porque ella quería ir a su sesión y quería llevar “un panorama más claro”. Ese día él tenía franco en su trabajo, por lo que aceptó gustoso.
Almorzaron, tomaron vino y rieron, por supuesto. Leyeron unos textos de
Lispector y ella buscó un poema de Anais Nin que le leyó desnudándose. Él
intentó cerrarle la camisa para cubrirle el pecho y ella se la arrancó de un
tirón quedando semidesnuda casi sobre su cara. Él la separó e intentó pararse y
ella lo empujó a la cama y se le tiró encima. Lo besó violentamente, le
inmovilizó los brazos y le frotó los pechos sobre la boca. Él intentaba pararla
entre risueño y firme. “Dejá de reírte”, dijo ella. "Haceme el amor. Te amo.
Necesito."Él balbuceó algo. “¿Qué?”, dijo ella tirándose hacia tras con mínimo gesto. “Que pares, que me escuches. He intentado decírtelo pero no he podido. Yo te amo. Pero no como vos a mí. Es otro tipo de amor. El que vos sentís por mí yo lo siento por un hombre. Estoy profundamente enamorado de un hombre. Pero no me animo a decírselo. Como tampoco me animaba a decirte esto a vos. No me gustan las mujeres. Aunque quiera, aunque me invente universos femeninos para amar, no puedo. Me gustan los hombres. Estoy enamorado de un hombre. Pero también te amo.” ... ...
Dijo todo de un tirón, gritando entre risas y lágrimas. Parándose y acomodándose la ropa. Fue jadeando hasta la mesa y bebió el vino que había quedado en su copa y luego el que había quedado en la de ella.
Ella había quedado sentada en la cama como una muñeca desarticulada. Sus ojos estaban tan abiertos que parecía que no iban a volver a pestañear. El silencio fue eterno. O ínfimo. Nunca lo supo. Cuando volvió a tomar aire largó una carcajada histérica y se tapó la cara. Y los dos rieron nuevamente. Y se abrazaron. Y se hicieron cosquillas. Y se repitieron varias veces "está todo bien", "no quiero perderte" "no vas a perderme" y rieron y rieron. Y se despidieron hasta mañana.
Y ella llegó riendo al consultorio.
Cuando fue dejando de llorar, muy de a poco, estiró sobre su falda el pañuelo rojo que estaba empapado de llanto y mocos. Levantó la cabeza lentamente y antes de abrir los ojos escuchó, como desde un túnel, que su analista le decía: "nos vemos la semana que viene".
Stella Matute - Mayo, 2015
viernes, 15 de mayo de 2015
Eleonora y yo
“-¿Para qué sirve usted en el teatro?
¿No comprende que no es asunto para usted?
Búsquese otra profesión.”
Le dijo un obcecado director de teatro a Eleonora Duse
cuando ella le objetaba la manera de encarar el pesonaje.
Muchas veces me he preguntado cuál fue la tentación inicial para salir de mi vida cotidiana y sentirme atraída por otras existencias y necesitar convertirme por un rato, delante de otras personas, en otro ser humano viviendo una vida que no es la mía, calzando una piel que no es la mía, atravesando una emoción que no es la mía… ¿No es la mía?
Ser otra hasta el punto que ese grupo de personas, sentadas en la oscuridad de una sala teatral, crean en esa transformación mía iluminada por las luces de escena.
¿Qué desasosiego en la casa de mi propia vida me hizo huir hasta creer que puedo ser otra? ¿Qué carencia en mi corazón necesitó de otras sensaciones, de otros sentimientos?
Encontrarme con Eleonora ha sido un viaje dichoso, febril, intenso, desgarrador, ardoroso, feliz, vivaz, poderoso. En ella he encontrado muchas respuestas que buscaba desde hace muchísimo tiempo.
El laburo ha sido arduo. Muchos meses de trabajo, muchísimas horas de ensayo, y dudas, y lecturas, y las manos, y el corset, y su investidura. Y pesadillas, y dulces sueños.
Y el encuentro nada más y nada menos que con Sarah. La Gran Sarah. La divina. La eterna competencia. Su desvelo.
Y mi encuentro nada más y nada menos que con Fernanda. La Mistral. Mi desvelo.
El querido Francisco Pesqueira, siempre atento, siempre presente, me dice que está convencido de que este personaje me ha llegado del cielo. Y algo de eso hay.
Eleonora.
La Duse.
Anteayer una espectadora se acercó y me dijo:”¿Me parece a mí o la energía de Eleonora Duse te calza de perillas?” Casi no pude contestarle. El nudo en la garganta se deshizo en el abrazo de esa persona desconocida que estaba entendiendo algo casi inexplicable para mí misma.
Eleonora.
La Duse.
“¿En qué otro sitio puedo olvidarme de mí misma, de las durezas, de las miserias de la vida mejor que en el escenario? ¿En que otro lugar puede estar la gente mirándome a mí y realmente estar mirando a otra? ¿Dónde desaparecer mejor?”, se pregunta mi Eleonora. Y vuelvo a mi pregunta inicial.
Eleonora.
La Duse.
Estudiándola leí que “el destino se prepara siempre al mismo tiempo por dentro y por fuera y para que un acontecimiento tenga significación es menester que tenga antecedentes en el propio corazón”.
Sí. El destino me encuentra con Eleonora preparada para entenderla, para amarla, para vestirme con su piel. No sé si estoy a la altura pero sé que mi corazón le pertenece durante ese tiempo en que ella me asiste, en que hablo por su boca, en que sufro por sus dolores.
Allá vamos, Ella y yo, al encuentro con el público. Llegó la hora.
“La boca oscura de la platea, el monstruo respirando” y yo sintiéndome Ella y Ella volviendo en mí.
Permiso que me da la vida. Licencia de lo cotidiano. Privilegio de esta preciosa profesión que elegí sin entender muy bien por qué. Necesidades de mi insaciable corazón, tal vez.
Gracias Eleonora. Gracias Sarah.
Gracias Raúl Brambilla. Gracias Fernanda Mistral. Y gracias a Ailin Gutierrez, Roberto Bisogno, Ariela Mancke, Yanina Vitcoop, Gabriel Machado y Mercedes Otero.
Siempre a mi hijo. A mi compañero. Y a la memoria, enorme, de mi hermana. Ellos siempre están presentes en mis quehaceres.
Y a la vida. Gracias a la vida.
martes, 28 de abril de 2015
Dar vida
Karina dio a luz en su casa, en su cama. Sus
inexpertos 23 años no le impidieron dar vida en conexión con su profundo deseo
de traer a su hijo al mundo custodiada por las dos mujeres más importantes de
su vida que habían hecho lo propio décadas atrás contando: su madre y su
abuela. El médico del pueblo, vecino de toda la vida de la familia, aceptó a regañadientes el
desafío y fue el encargado de gestionar que la ambulancia del hospital se
estacionara en la puerta de aquella casa que le era tan familiar y tan querida.
Todo fue como Karina lo soñara. Dieguito vino al mundo rodeado de amor, sonrisas y lágrimas de emoción. Olfateando el olor a hogar que ella olfateó desde su primera bocanada de aire. Dar vida era una de las cosas que ella más deseaba desde sus primeros juegos con muñecas. Dar vida, dar la vida, dar su vida desde ese irrepetible momento y para siempre. Dar su vida ya pasada por esta nueva que hoy nacía. Ser madre. Torbellino de nuevas experiencias, de nuevas sensaciones, de miedos recién inaugurados.
Todo fue como Karina lo soñara. Dieguito vino al mundo rodeado de amor, sonrisas y lágrimas de emoción. Olfateando el olor a hogar que ella olfateó desde su primera bocanada de aire. Dar vida era una de las cosas que ella más deseaba desde sus primeros juegos con muñecas. Dar vida, dar la vida, dar su vida desde ese irrepetible momento y para siempre. Dar su vida ya pasada por esta nueva que hoy nacía. Ser madre. Torbellino de nuevas experiencias, de nuevas sensaciones, de miedos recién inaugurados.
Su madre y su abuela recibieron al bebé con la
maestría que da la naturaleza, con la sabiduría que da la experiencia. El
doctor Aguada miraba atento, arrobado, cómo aquellas mujeres sabían todo lo que
él no sabía a pesar de la universidad, el hospital y el consultorio. A los pocos minutos
salió a la calle sonriendo y despidió a la ambulancia con su, esta vez, inútil
artillería médica.
Karina abrió su pecho de par en par y su hijo recién
nacido reptó desde su vientre hasta su teta todavía unido a ella por ese cordón
que lo había alimentado durante meses. Se prendió con erudición al pezón rosado.
El pequeño se alimentó de ese líquido dulzón y blancuzco antes de desprenderse
para siempre del cuerpo de su madre.
Las mujeres cortaron el cordón, besaron a Kari, se
abrazaron las tres con Dieguito en el medio y así le dieron la bienvenida
femenina a la familia. Luego giraron para abrazar a Diegopadre, que lloraba
desconsoladamente desbordado por una
felicidad desconocida hasta ese instante. El muchacho se acercó a su mujer y a su hijo
y los tres quedaron unidos en una trenza de amor indivisible.
La vida se desplegó mansamente hacia el futuro. Dieguito
aprendió a caminar en ese patio embaldosado y aprendió, también, a esperar a su
padre a la vuelta del trabajo. Un reloj biológico se vinculaba mágico con uno
cronológico y alrededor de las 5 ya se iba el pequeño hacia la puerta. Cuando
logró alcanzar el picaporte ya nada le impidió salir al jardín del portal donde
se topaba con la reja infranqueable pero generosa en la vista hacia la esquina
por donde llegaba papá.
Aquella tarde de otoño, Dieguito ya había sido alcanzado
por los cinco años. Desde marzo, cada mañana asistía a su preescolar y a esta
altura había aprendido las primeras letras. Ese día había escrito por
primera vez un PAPÁ que se iba alejando del garabato para dejarse leer
claramente en el cuaderno de hojas lisas. Abierto en esa página lo sostenía apoyadito
en la reja con la ojitos llenos de esquina cuando sonó el silbido del primer
disparo. Una moto enloquecida se subió a la vereda huyendo del patrullero más
enloquecido que dejaba escapar cuerpos por sus ventanillas.
Karina, que hasta ese momento lo observaba como cada día desde la puerta del comedor, salió a los gritos y se tiró sobre Dieguito.
Cayendo sobre el niño sintió un fuego que le entraba por el el cuello, debajo
de la oreja y le quemaba hasta el omóplato. Miró a su niño y alcanzó a ver sus
ojos muy abiertos y oyó su vocecita tan amada.
-“¡Mami, tenés sangre!”, gritó su sangre y ese sonido amado le regaló la paz que estaba necesitando.
Dar vida, dar la vida, dar su vida. Dejó caer su cabeza de costado y vio las botas un poco más acá de las
ruedas estacionadas en la puerta de su casa. El patrullero se había detenido y
uno de los policías intentaba ayudarla. “Entre a mi hijo a la casa, por favor”.
“Sí señora, su hijo está a salvo. No hable. Quédese tranquila.” Antes de soltar su aliento hacia la nada volvió a mirar a su hijo. Estaba vivo, intacto en su inocencia.
La voz del doctor Aguada que ya llegaba desde la
casa vecina la tranquilizó y cerró los ojos.
Dar vida, dar la vida, dar su vida. Dieguito estaba
a salvo.
Ella podía descansar, entonces.
En paz.
De nada sirvió tampoco esta vez la ambulancia que llegó rauda ante el urgente pedido del médico.
Ella podía descansar, entonces.
En paz.
De nada sirvió tampoco esta vez la ambulancia que llegó rauda ante el urgente pedido del médico.
Stella Matute - Abril, 2015
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Stella Matute
lunes, 27 de abril de 2015
un consuelo
"Estuve leyéndote. En cada curva de tinta navegamos juntas. ¿Cuánto dura un duelo? ¿Cuántos duelos se reavivan en este tan entrañable? ¿Quién podría responderlo? La escritura es en vos también el intento de inscribir tu perdida. No la de otros. Ellos harán su camino. El tuyo es único e irrepetible."
(Dicho por una persona a la que quiero mucho y agradezco tanto)
(Dicho por una persona a la que quiero mucho y agradezco tanto)
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