Vuelvo a aquel beso robado a los rubores… Ese beso que me alejó para siempre de la niña vulnerada y me fue llevando de la mano -tropezando torpemente- a saltar el alambrado adolescente y pisar feliz un cometa, aferrada a tus ojos. ¿Te acordarás de mi uniforme almidonado? ¿De mis zapatitos negros reglamentarios? ¿Te acordarás como yo recuerdo los tuyos acordonados que no podía dejar de mirar por prepotencia de la emoción avergonzada? Vuelvo a aquellas calles polvorientas y silentes que deambulábamos en las siestas traviesas de rabonas, al resguardo de mirones. Vuelvo a ese miedo inaugural, a ese debut de pudores, a ese elegirnos en el cauce de un río irrefrenable. Nos veo tan niños sintiéndonos adultos. Somos ahora tan adultos queriendo ser niños. Aquel tiempo… cuando nos preguntábamos qué era ser feliz sin saber que lo éramos. ¿Dónde habrán florecido nuestras rosas? ¿Dónde habrán hecho nido nuestras promesas de amor eterno? ¿Habrán nacido en soles y lunas de tanto camino recorrido, de tanta vida sin atajos? ¿Iluminarán hoy nuestro cielo de hijos y certezas ya gastadas? Busco la llave que abre ese rincón del corazón. Atravieso bailando ese portal y te traigo arbitraria a este presente mío, de tantos miedos. Te tomo la mano, te miro a los ojos y te regalo un juramento: no hay relojes que puedan medir el tiempo de añejas esperanzas. Acá estoy, llena de marcas, un poco rota y otro poco amedrentada, sonriendo en estas horas mías, tan lejos y tan cerca de tus horas, eternamente.
S.M. 2021, en pandemia

No hay comentarios:
Publicar un comentario