domingo, 27 de marzo de 2022

Parir vivir

Vivir, tal vez, sea sólo 

parir un sol al cielo azul, 

que no es cielo ni es azul, 

cada día. 



sábado, 26 de marzo de 2022

AHÍ EMPEZÓ TODO

 


Estoy en la habitación de mis padres. Juego con una nena que vive en una casa igualita a la mía. Y que tiene una habitación igualita a la de mis padres. Yo sólo la veo a ella, que está frente a mí y un pedacito de esa habitación donde ella está. La cama que se ve es igualita a la de mi mamá y mi papá. Las mesitas de luz que veo también son iguales a las de mi casa. Y si me asomo para un lado y para el otro por esa ventanita en la que juego, todo lo que veo es igual al lugar donde yo estoy. Deduzco, entonces, que esa nena que juega conmigo es, también, igual a mí. Ella habla cuando yo hablo y dice las mismas cosas. Cuando me muevo se mueve cuando me río se ríe cuando bostezo, bosteza. No pienso que me imita. Lejos de eso está mi cabecita. Me gusta y me divierte ese juego simétrico –entenderé lo de simétrico mucho más tarde-. Coca se llama. Me lo dijo en sueños una vez. Me paso horas jugando con ella. Ahí estoy a salvo de todo. Sobre todo de mi hermano. A veces llega la voz de mi mamá desde la cocina: “Elenita, qué estás haciendo”. “Jugando”, contesto. Y eso me da el permiso para seguir un rato más. Mi amiguita, también, tiene muñecas y juguetes iguales a los míos. Cocinamos, les damos de comer a nuestros hijos, los retamos, los ponemos en penitencia, los calmamos cuando lloran. Nos paramos en el centro de la cama y saltamos una frente a la otra. Ese es uno de los juegos más divertidos. Pero el que menos dura porque mi mamá y la suya nos retan desde la cocina. ¿Cómo saben? Porque las mamás lo saben todo, cuchicheo. Otras veces nos disfrazamos y también jugamos desde arriba de la cama. Mientras no saltemos parece que no hay reto. 

Un día entró mi hermano. Y resultó que ella también tenía un hermano igual que el mío. Malo, también, porque las dos nos asustamos y nos hicimos pis encima. Mi hermano y el suyo tapaban nuestras bocas y con sus ojos de fuego nos decían que no habláramos, que no le dijéramos nada  a nadie porque si no nos mataban, o nos rompían a Negrita, nuestras muñecas negras. Miré a Coca que me miraba desde el  otro lado de la ventana. Ella también lloraba. Nos miramos fijamente por mucho rato mientras los hermanos malos hacían maldades. Ella me miraba y yo la miraba. Y estábamos juntas en esa soledad de soledades. Nunca supe por qué ni su mamá ni la mía, que todo lo sabían, no llamaban desde la  cocina para saber qué estaba pasando. “Qué está pasando ahí”, gritaban cuando saltábamos, pero nunca cuando los hermanos malos nos tapaban las bocas y nos caminaban por encima. 

Después volvíamos a ordenar juntas los juguetes, los muñecos y los pedazos y volvíamos a jugar a la cocina, al doctor, al paseo por la plaza. 

Cuando fui creciendo y supe que mi amiga era yo misma me sentí tan sola que necesité ser muchas para soportarme. Y me hice actriz. 

Cuando murió mi padre y tuvimos que dejar la casa de mi infancia, yo me quedé con “la luna de la cómoda”. Todavía tengo ese espejo. Y en él me sigo mirando cuando me siento muy sola. O cuando ensayo para mi próximo estreno. Esa amiga que se refleja en él, suele ser quien me soporta los dolores, las ausencias, y también quien me sigue sanando las más dolorosas heridas.

STELLA MATUTE - 2022