domingo, 28 de marzo de 2021

Dolencia contenciosa

Me dejó un traumatismo 

en el filo del lagrimal. 

Una fractura expuesta 

de autoestima. 

Un esguince

de coraje

Un infarto agudo

en la confianza

Quedé con la entereza

mal herida

y con las ganas 

al borde del trasplante.

Transité por una

cirrosis de esperanza,

una insuficiencia 

de certezas

y una fibrosis de llantos.

Nunca fueron visibles

mis dolencias.

Se cuidó muy bien 

de no dejar

ni una marca.

No hubo vendas 

ni apósitos

ni bisturíes.

No hubo quirófanos

ni consultorios.

Pero la convalecencia

fue eterna.

Si. 

Ojalá me hubiera pegado.

Tal vez hubiese sido más fácil.

Y más rápido. 

(SM - marzo 2021)

MIRAR PARA OTRO LADO

-Hijo, si matáramos a todos los malos, ¿quiénes quedaríamos?
-Los asesinos, mamá. 

Una noche de viernes festejábamos con mi pareja un aniversario. Hace de esto ya como diez vidas. Después de la cena de rigor, volviendo a casa, entramos al bar de Hipólito Yrigoyen y  Luis Saenz Peña a tomar un champagne. Eran como las 3 de la mañana y festejábamos, festejábamos, festejábamos... Copas, balde de hielo, champagne... Yo tenía un ramo de flores en la mano. Toda una escena de clase media. 

Al muy poco rato entró un muchachote de más o menos 15/16 años -o 100, vaya una a saber-. Estaba muy sacado, bolsita en mano, pidiendo plata por las mesas. Se apoyó en la nuestra viniendosenos encima bastante amenzante. Yo instintivamente agarré la cartera, saqué un billete de de una cifra que él no debía estar acostumbrado a recibir y se lo dí. Empezó a "rezarme bendiciones". Me dijo que yo era buena, que me iban a pasar buenas cosas, que yo era como una santa, etc. etc. mientras mi pareja trataba de frenarlo y decirle que ya estaba, que se fuera. El pibe recibió eso como una agresión inusitada y se enojó. Lo insultó un poco, le hechó en cara "el champagne y su copa" y se fue a la mesa siguiente. Ya estaban acercándose tres mozos con aires superiores para sacarlo. Él los vio y apuró el trámite. En la otra mesa una parejita tomaba café con leche con medialunas. El muchacho le dijo: "plata no tengo pero llevate las medialunas, si querés", lo que provocó en el pibe un enojo más grande que el anterior. "Que no quería su comida, que se la metiera en el culo, que él quería guita". Estaba sacado. Asustaba. Los tres mozos lo agarraron y en una escena muy violenta lo sacaron a la calle. El pibe gritó, golpeó las ventanas, amenazó con piedras. Horrible situación. 

Costó sobreponerse. 

Cuando ya nos habíamos tranquilizado un poco y pudimos volver a "disfrutar" de nuestro champagne entró un nenito de unos 4 o 5 años. Apenas si llegaba a sobrepasar las mesas con su cabecita rapada y recorrió el lugar pidiendo. Todos, absolutamente todos, le dijimos que no. Algunos sin ni siquiera mirarlo. El nene se fue como había entrado. Sin ruido y sin plata. Ni siquiera medialunas se llevó.

El champagne me quedó atragantado por varios días.

Durante mucho tiempo me pregunté cuánto tardaría ese nene chiquito, tranquilo y "socialmente obediente" en transformarse en el adolescente atravesado por el pegamento, el paco y la violencia. ¿Cuántos "no" se bancaría hasta llenarse de odio y resentimiento?

Y mucho más me desveló preguntarme si alguien más que yo y mi pareja había registrado esa escena esa noche en el bar. 

Una sociedad que mira con indiferencia la infancia en la calle no tiene derecho, ningún derecho, a ni siquiera cuestionar a un chorrito... Mucho, muchísimo menos, a matarlo en una salvaje paliza que nos convierte, en forma definitiva, en una sociedad asesina. 

Eso siento.

sábado, 27 de marzo de 2021

CORREGIR UN RECUERDO

Regreso a pretéritos dolores que son errores, que son tropiezos, que son descuidos. Me asomo al abismo de mi eco de adentro con la intención de corregir antiguos incidentes. Corregir un recuerdo. Enmendar un olvido. Sobrevuelo aquella discusión enardecida… y sonrío. Recorro aquel dolor abandonado en la comisura de la lágrima… y sonrío. Deambulo por esa sombra de un error que me hizo daño, y sonrío. Danzo un poco al recordarme bandida en esa picardía de la que se me olvidó pedir disculpas. Y sonrío. Peregrino incluso por aquella oscuridad del día más oscuro de mi vida, y sonrío. Son distintas sonrisas, pero sonrío. Sonrisas. Hay melancolía en algunas, ironía en aquella, nostalgia en aquella otra, jarana en esa de más allá, franca tristeza en la penúltima… pero son sonrisas. Sonrío repasando historias ya pasadas que sí, tal vez, podrían corregirse en la añoranza. Sonrío. Entonces me doy cuenta de que los recuerdos no requieren corrección, no incluyen enmiendas…  porque se corrigen solos los recuerdos en el río a veces manso y otras veces turbulento por el que avanza ese barco vigoroso que llamamos vida. Entonces sonrío. Y soy río.

Stella Matute - marzo 2021

 

domingo, 14 de marzo de 2021

GRACIAS

Gracias riesgo

Gracias nido

Gracias útero, mirada, llanto

Gracias hijo gigante, gracias pequeño

Gracias fluir 

Gracias palabra, palabras, dichos

Gracias eco eterno

Gracias grito, alarido, bramido

Gracias mar, movimiento contínuo

Gracias sonido, ruido, jaleo

Gracias acto, hecho, argumento

Gracias amiga, amigo

Gracias hermana, hermana mía

Gracias entusiasmo

Gracias madre

Gracias padre

Gracias tristeza, pena, nostalgia

Gracias eternidad

Gracias conducta, acontecer, batalla

Gracias ciudades 

Gracias viento, picaflor, torcaza

Gracias justicia, utopía, quimera

Gracias vida

Gracias Pedro Patzer

Gracias Girondo

Stella Matute, agradecida.

(Escrito en el Taller "El patio de la palabra", de Pedro Patzer
ejercicio inspirado en un poema de Oliverio Girondo - marzo 2021)

miércoles, 10 de marzo de 2021

Para que yo me llame Stella Matute

Para que yo me llame Stella Matute tuvieron que cruzar el océano mis cuatro abuelos, escapando del horror del hambre y de la guerra. Tuvieron que llegar a esta tierra prometida y recorrerla hasta el sur de una Mendoza en tiempo de futuro para ayudar a fundar un pueblo que los acunó en sus sueños a la vera de acequias y ríos cristalinos. Tuvieron que ser vecinos mis abuelos y luego amigos, y tuvieron que sobreponerse a una serie de  tragedias para que sus hijos se fundieran en un abrazo tan profundo que los convirtió en mis padres. Para que yo me llame Stella Matute antes nacieron Delia y José Luis, mis hermanos. Una hermana, hermana mía que me meció en sus saberes y me construyó en sus ojos. Y un hermano que no supo hacerse amar a golpes de no poder comprender el lado bueno de la vida. O, tal vez, porque nadie supo enseñárselo, ya nunca lo sabré. Para que yo me llame Stella Matute tuvo que morir mi padre muy temprano y tuve que despedirme del sudor de mis montañas y subirme a un tren debutando yo en la adolescencia, aferrada a la mano de mi madre que lloraba su viudez y enarbolaba una vez más su estirpe de mujer valiente. Y sufriente. Para que yo me llame Stella Matute tuvo que recibirme este Buenos Aires de desmesuras  en estímulos sagrados y convocantes. Tuve que esconderme tras los árboles para no caer en manos de uniformes crueles y acompañar a mi hermana en sus dolores de ausencias forzadas y miedos clandestinos. Para que yo me llame Stella Matute tuve que disfrazarme con pieles ajenas y jugar a ser otra para soportar tanta falta de mirada. Para que yo me llame Stella Matute tuve que parir el deseo de parir y maternar a un gigante que vuela alto a fuerza de desplegar sus alas de talento. Y a otro que no pudo con tanta vida y me dijo un adiós definitivo en un suspiro de doce días.  Para que yo me llame Stella Matute fue preciso mirar muchos ojos para anclar en una mirada. Y atreverme a redimirme. Y desplegar mis propias alas. 

(Escrito en el Taller "El patio de la palabra", de Pedro Patzer - ejercicio inspirado en un poema de Ángel González - marzo 2021)