martes, 8 de julio de 2014

Ir creciendo...

"La harina debe estar tamizada", decía mi madre, y ella casi siempre sabía lo que decía. Pero yo intuyo que lo mejor es tener el alma tamizada. Si no es imposible. O por lo menos para mi hubiera sido imposible. Hube de tamizar dolores, lagrimeos y sollozos para poder meter las manos en la masa.
Un poco de harina, tamizada por supuesto, y cien recuerdos; ocho cucharadas de grasa y mil imágenes; agua tibia con sal a gusto y aquel perfume dulzón del heno de pravia.
Imprescindible la melancolía de la lluvia y necesario este frío que congela. Requerida la visita del retoño e ineludible la emocionada mirada del siempre compañero. Descuelgo la negra sartén de edad antigua, sin nada de cerámica y teflones, teñida con el fuego de otros tiempos.
Quizás queden saladas de mis lágrimas, estas a las que hoy me animo. Quizás queden pringosas de carencias. O tal vez empalagosas de morriñas.
Pero ya es hora. Porque ya no están quienes lo hacían.
Y amaso hasta oler aquel olor y encuentro el punto justo en la fritura.
Y se parecen.
Les falta sólo aquel bullicio alrededor, aquel sonido a familia numerosa.
Pero el hijo sonríe tiernamente y el compañero acompaña con recuerdos a sus sabores propios.

Entonces las descubro. Mi abuela, mi madre y mi hermanucha me miran sonrientes haciendo equilibrio desde el alto estante de tesoros. Se me antojan orgullosas de esta "menor" que, resistente, se va diplomando de cabeza de familia.









No hay comentarios: